El tiroteo del viernes puso de manifiesto la existencia de una ley del silencio entre muchos de los feriantes El tiroteo del pasado viernes en el recinto ferial de Pontevedra puso de manifiesto la existencia de una ley no escrita entre la mayoría de los feriantes. Este es un código que no necesita de jueces o policías, pero que estos vendedores ambulantes respetan, en ocasiones, influidos por el miedo a represalias o por la propia tradición familiar. Son unas normas que, ante todo, imponen una ley del silencio frente a policías, periodistas o cualquier persona que intente recabar información sobre sucesos como aquel.
11 jun 2001 . Actualizado a las 07:00 h.Un tumulto entre dos clanes de etnia gitana de la provincia que desemboca en un tiroteo. Todo ocurre, según indicó la policía, delante de una multitud de curiosos, pero no hay detenciones y apenas se consigue alguna información. Horas después, el «no sé nada» se convierte en la moneda de cambio de los vendedores ambulantes a los que se les pregunta por la reyerta. Con un poco de paciencia, éstos acaban señalando el lugar donde ocurrieron los hechos, al tiempo que perjuran que «llegué más tarde de lo habitual y no vi nada». Otras variantes de esta expresión fueron «en ese momento estaba desayunando en el bar» o «estaba ocupado y no me enteré». Uno de los agentes que habitualmente patrullan por el mercadillo pontevedrés reconoció que «muchas veces tengo la impresión de que existe una ley del silencio entre los vendedores por lo que nos puede resultar muy complicado conseguir ciertos datos». La existencia de este código no escrito queda aún más patente cuando se trata de miembros de familias de etnia gitana. En estos casos, esta norma se amalgama con sus tradiciones y conseguir información se convierte en una tarea épica. No es extrañó que los policías locales recojan en un acta que no «se han facilitado datos sobre el autor de los disparos, alegando que no quieren presentar denuncia pues lo solucionarán por sus medios». A algunos miembros de esta etnia se les podía comentar el viernes, en referencia al autor de los disparos, que «los tiene bien puestos» o «es un gitano de los que ya no hay», sin embargo cuando se les inquiría sobre este tema, los interlocutores se apartaban y recurrían al consabido «no vi nada». La constatación definitiva de la existencia de esta ley del silencio la aportó un joven que afirmó «soy gitano y no debería hablar». No obstante, cual Marlon Brando en la película de Elia Kazan, rompió por unos segundos esta tradición.