Los hermanos Quijano cautivaron a los pontevedreses que abarrotaron la Praza da Ferrería
17 ago 2001 . Actualizado a las 07:00 h.«¿Y cómo estaba la plaza? Abarrotá». Parece ya un dicho, pero eso fue lo que pasó en el concierto de los hermanos Quijano en Pontevedra. No cabía nadie más, incluso entre las calles que llevaban a la plaza de la Herrería. A las diez y media de la noche, los leoneses llegaban al recinto tras el descanso vespertino antes del concierto. En el camerino, mucha fruta, sandwiches, frutos secos y bebidas sin alcohol, porque estos chicos son muy sanotes. Y muy puntuales a la cita, los reyes de lo latino en español salieron a escena para deleitar a los presentes con un concierto que no tuvo ningún desperdicio. Cuando voy a un evento de este tipo me gusta oir música, buena música. El problema es que la mayor parte de las veces sólo ves espectáculo, y de música Nada de nada. Pero los Café Quijano demostraron en Pontevedra que son músicos con mayúscula. Además de las excelencias en las voces y las guitarras, tanto los metales como la batería y la percusión, estuvieron a la altura que se merecen. Aunque la mayor ovación se la llevó el pianista, o teclista para los entendidos. El motivo: es de la tierra. Manolo, el cantante, estuvo muy pendiente del público contando historias y recordando a las féminas gallegas lo guapas que son. «A veces se nos va un poco la olla, pero ya sabeis porque es», decía este leonés de mirada inquietante. Y la respuesta de su público no se dejó esperar. Muchos «¡guapo!» y «¡tío bueno!» para caldear la noche. Raúl Quijano no paraba de moverse de un lado a otro con esa cara de bueno que le caracteriza, mientras que su hermano Óscar se acercaba a la bateria. Y para los amantes de la guitarra en su estado más puro, un jovencísimo miembro de la banda, Carlos, El niño, dejó con la boca abierta a todos los presentes por los temas que se marcó con Manolo. Como para repetir Otra vez. «La Lola» Pero el público no estaba dispuesto a abandonar la plaza sin escuchar La Lola, esa mujer que tanto nos ha hecho bailar en las noches de verano. Y como la ocasión lo requería, los Quijano se cambiaron de ropa y se colocaron esos sombreros que les llevaron a lo más alto. De sol a sol nos hubiésemos quedado a escucharos. Aunque tocáseis Desde Brasil y con un Jamaicano en la Taberna del Buda. A partir de ahora creo que me voy a hacer adicta al café... pero al Quijano, por supuesto.