MARTIÑO SUÁREZ CRÓNICA La retranca autóctona se impuso a la espectacularidad en la Mostra da Parodia
13 feb 2002 . Actualizado a las 06:00 h.on las once y media en la esquina de Benito Corbal y Daniel de la Sota. El tiempo y el frío se pasan observando los disfraces de algunos espectadores: una niña de lechera de Vermeer, una pareja de afganos, él con barbas a lo talibán y ella con un burka cuyo visor es un tapete de ganchillo, una casada harta de su marido -«¡sale en el programa de José Luis Moreno», explica una chica, a la que contestan «terei que ver máis programas culturais»-, un repartidor de pizzas con su ciclomotor -resultó ser real y trabajar en un establecimiento de comidas rápidas de la calle-, émulos de Gea Escolano y drag queens con teléfono móvil prendido en la etérea ropa interior. El primer grupo en llegar es un cabaret del Berlín de principios de los años treinta, con sus nazis pulcros y sus orondos camisas pardas absorbiendo cubatas -se desconoce si esto pertenece a la recreación de la época-, y una miniorquesta dirigida por un guitarrista con un instrumento en forma de metralleta; Rafa Pintos, poeta romántico, ejecuta como poseído por una fiebre complicados números de claqué. Todos los integrantes portan en su antebrazo el símbolo del euro. Confusión Los nazis discuten con los organizadores: demasiados disfraces para una calle pequeña, explica un hombre con barbas y walkie talkie. Hay una cierta confusión: empiezan a llegar carrozas desde varios puntos a la vez, y el público se desplaza, sin saber a dónde mirar. Cuando la cosa se normaliza, las comparsas desfilan entre dos pobladas filas de espectadores. Hay un hórreo tomado por los ratones -no menos de sesenta vecinos de Xeve van dentro de los panzudos disfraces-, que huyen de un tipo que les tira sobres gigantes de raticida. Más allá, un gimnasio y una caja de música, una docena de filloas de dos metros de alto, una parodia de Grease en plan casa del pensionista, un puente de Rande con sus coches a escala -«Bijo: ai ke pajar», dice un letrero- o un descacharrante baile del Casino con sus mantones, sus banderitas rojigualdas y sus marines marinenses. Una parodia del programa Lluvia de estrellas promete grandes premios llamando «no a un 906, señora, sino al 062, el número de la grúa municipal». Mientras, los vecinos de Os Praceres corren ante un tren. Más lejos, en un pub de garrafón adornado con mimosas, la pitonisa Lola ofrece licores baratos e ironiza sobre la idea de trasladar de barrio la movida nocturna pontevedresa: «¿Dónde estamos?», pregunta. Ella misma se contesta: «En As Corbaceiras, naturalmente». Otros, menos afortunados, se entregan a una temática soez y homófoba, como una carroza compuesta por chavales y algún niño que hablan de curas homosexuales. Y luego dicen que el problema es la reválida.