El autobús del Pontevedra se pasó cuatro horas atrapado en la nieve, una circunstancia que los futbolistas aprovecharon para lanzarse bolas y pasear por la autovía para olvidar el hambre
11 ene 2003 . Actualizado a las 06:00 h.Sin cena pero con humor A algunos la localidad castellana de Arévalo les sonará únicamente porque su castillo suele aparecer en las guías de arte medieval. Para otros, la palabra designa simplemente a un cómico con especial habilidad para los chistes soeces y las imitaciones de gangosos. Pero para los jugadores del Pontevedra Club de Fútbol Arévalo es el nombre del lugar en el que se pasaron parte de la noche del pasado jueves, atrapados en una autovía, sin cena y rodeados por la nieve... pero con muy buen humor. Aventura en la carretera La aventura de los granates empezó el jueves a las tres de la tarde. Pese a los anuncios de temporal de nieve, el equipo salió hacia Ávila, donde debían jugar un partido con el equipo local al día siguiente. Su plan consistía en llegar a la ciudad castellana para cenar, concentrarse bien el viernes por la mañana y luego, ya por la tarde, arrasar en el estadio Adolfo Suárez. Pero las cosas empezaron a torcerse bien pronto: ya a media tarde los directivos del Real Ávila dudaban de que el encuentro, que iba a ser televisado, pudiese disputarse, puesto que el campo estaba cubierto de hielo. Un buen bocadillo Aún así, la expedición del Pontevedra, comandada por su delegado, el ex árbitro José Antonio Rey Fierro, siguió adelante. Su obligación era estar en el campo a la hora de comienzo del partido, aun cuando las posibilidades de que se disputase eran mínimas. Los granates pararon en el camino a las seis de la tarde. Algunos, quizá oliéndose lo que iba a ocurrir, se comieron un buen bocadillo. Otros, menos precavidos se quedaron en un descafeinado o un agua del tiempo. «Si lo sé me como uno» Entre estos últimos estaba el centrocampista ferrolano Manu Miranda. «Si lo sé, me como un bocata yo también», dice. Porque lo que ocurrió justo después torció las previsiones de forma irremediable. Algunos dicen que, por efecto del hielo, un camión se atravesó en la calzada. Otros cuentan que lo que pasó simplemente fue que la nieve bloqueó la autovía, y los coches no pudieron avanzar más. El caso es que, cerca de Arévalo, alrededor de las ocho de la tarde, el autobús del Pontevedra tuvo que pararse. No se movió hasta pasada la medianoche, cuando algunos de los futbolistas se habían hecho a la idea de que deberían pasar la noche en el autocar, donde, por lo menos hacía calor. Paseo por la autovía Claro que lo del calor no era realmente lo que importaba. «Algunos bajamos a dar una vuelta, ¿qué íbamos a hacer?», cuenta Manu. Hubo batalla de bolas de nieve, paseos por entre los coches y por los páramos que circundan la vía y también alguna mueca preocupada. «Resultaba muy extraño estar andando por una autovía, de noche, con todo alrededor nevado», explica. Entonces resultaba ya frívolo preguntarse si el partido se iba a jugar: lo importante era salir de allí, llegar de una vez al hotel, en Ávila, y tomarse una buena cena caliente. Después de cuatro horas atrapado, el autobús pudo volver a circular. «Estuvimos una eternidad andando a treinta y cuarenta por hora», cuenta Rey Fierro, que se pasó horas pegado a su teléfono móvil. Al fin, a las tres y media de la madrugada, los futbolistas del Pontevedra consiguieron llegar al hotel. Alucinante y largo Y todo para que, como ya era previsible cuando el equipo salió de Pontevedra, el partido fuese suspendido. La directiva del Ávila, que, según los granates, siempre estuvo muy pendiente de lo que pasaba en la carretera y contactó varias veces con su rival, pidió al árbitro que fuese a ver el campo por la mañana, para que los gallegos pudiesen marcharse de vuelta antes de la caída de la noche, con tranquilidad. A la hora de comer, la cosa estaba hecha, y el autobús emprendió el camino de vuelta, esta vez sin sobresaltos. La alucinante excursión acabó a las diez de la noche del viernes con la llegada del equipo a Pasarón, de donde, quizá, nunca debió salir. «Fue algo alucinante, el viaje más largo de mi vida», explicaba Manu, riendo pese a todo.