Reportaje | Una inusitada estampa urbana Cientos de pintadas, algunas de mérito, decoran el deteriorado escenario de lo que fue el cuartel de Campolongo a tres meses de su derribo definitivo
02 mar 2004 . Actualizado a las 06:00 h.El fotógrafo entra en el recinto para certificar la defunción de una instalación militar y se encuentra con algo parecido a esas ciudades abandonadas por los soviéticos después de un escape radiactivo. Pájaros muertos, persianas dobladas, brasas, cartones de vino y pintadas, muchas y en algunos casos hermosas pintadas, se han apoderado del cuartel de Campolongo. El paisaje desolado de sus barracones y sus pistas deportivas fija, como la lluvia y el frío, su fecha de caducidad en el final de la primavera. Resulta inquietante poder entrar en un acuartelamiento y pasar hasta la cocina, los baños, el gimnasio, las piscinas. En Campolongo esto ocurre, aunque para identificar las estancias haya que ser casi clarividente: de la grifería no se ven ni los soportes, apenas quedan tiesos dos cristales de todo el complejo y las ventanas, las calderas, los surtidores de gasolina, las verjas... todo ha sido arrancado y llevado a alguna otra parte. La entrada principal, situada en la calle General Rubín, está adornada por un escudo con la gallina franquista, y desde allí se accede al cuerpo principal del cuartel. Se puede entrar en el bar, que conserva su acolchado plástico y un curioso artesonado falso, o subir hasta la última planta, pisando cristales rotos y restos de suciedad. Los muros están escritos desde el zócalo hasta el techo. Desde este edificio se divisa la enorme parcela, que será urbanizada y en la que se levantarán viviendas. Pero aquí, después de que los militares se marchasen y dejasen el solar sin vigilancia, ya ha vivido gente. Algunos han dejado sus marcas: «Aquí vive el Riojano», se lee en una pared del segundo edificio más grande del complejo. Bajo la inscripción todavía quedan restos de una hoguera. Un cañón azul Enfrente, el jardín crece sin que nadie le ponga coto, comiéndose un cañón que en tiempos debió ser azul, y que ahora aparece caligrafiado con falos, quizá en referencia a su propia forma. Al mástil de la bandera lo estrangula un arbolito trepador. A los lados, varios barracones han perdido la dignidad: el Hogar del Soldado es ahora el «Hogar del Porreta», según ha escrito alguien; el gimnasio, en el que siguen apreciándose las líneas de una pista de tenis -hay media docena en todo el cuartel-, lo preside ahora un bien rematado retrato del Che Guevara. Pero la joya del edificio es la capilla-comedor, que en tiempos debió dar alimento espiritual a la tropa, y que ahora alguien ha rebautizado como skate park. Se trata de una nave como las demás, aunque adornada para que parezca una capilla de película de vaqueros. Aunque las máquinas que remueven tierras un poco más allá ya le han rebanado una parte, el edificio aparece como toda una Capilla Sixtina, en la que Miguel Ángel es El Crawler, un Keith Haring local. Suyos son los mejores dibujos que adornan las paredes del templo: un muñeco se lleva fuera del caserón un enorme teléfono móvil -en tiempos los hombrecillos fueron dos, pero la piqueta se ha llevado a uno de ellos-; un Hitler sedente y con pistola al cinto comparte plano con varios monstruitos y con Ronald McDonald, el payaso de las hamburguesas; un bote de aerosol cabalga sonriente sobre otro, en una estampa que parece salida de los dibujos de Tenniel para la Alicia de Lewis Carroll. Alguien ha pintado, además, un vampiro enano a lo Barrio Sésamo. Desde el altar, un cura sin ojos y de aspecto amenazador parece practicar un exorcismo. Entrenamientos Más allá, superando un campo de entrenamientos con aparatos de película de Los Albóndigas, hay tres piscinas con su bar. Las piletas están medio llenas por efecto de la lluvia, y en sus muros El Crawler ha dejado el nombre de todos sus amigos. Más arriba están los almacenes de material, con sus bombitas y sus cañoncitos todavía pintados y su cubierta metálica arrancada por el viento, y los talleres, en los que aún quedan restos del surtidor de gasoil. Sobre él, por encima del ruido de la primera excavadora, todavía grazna un cuervo.