Instantes gélidos a pie de calle en la jornada en que llegó la masa siberiana
04 feb 2012 . Actualizado a las 07:00 h.«Parezco una cebolla», dice una repartidora postal que muestra sus prendas de abrigo y se reajusta los guantes antes de seguir empujando su carrito por la calle Riestra. Son las once y ya lleva horas de trabajo. Pero aunque reconoce que el frío aprieta de lo lindo, asegura que lo lleva mejor que el pasado jueves, «porque corre menos aire».
La temida ola de frío siberiano alcanzó ayer Pontevedra dejando una mínima destacada, los -1 grados de la estación de Lourizán y el cero en varios termómetros. Pero si la mañana fue gélida para todos, todavía lo fue más para quienes tienen la calle como lugar de trabajo.
Es el caso de Wences Fernández, operario de jardines del Concello, que junto a un compañero lleva toda la semana podando árboles en O Castañal. «Hoy todo estaba congelado -señala en un descanso-. Llevamos desde las 8 y se pasa fatal, aunque bueno, quizás ayer fue peor, porque empezó a media mañana a hacer mucho viento». Ellos van abrigados con gorro, guantes, braga y el equipo de trabajo, pero aún así, confiesa que «a primera hora es terrible, no sientes los pies y no hay calcetines que te lleguen». Ya no sabe si es peor estar encima de la escalera, podando ramas, o de pie sujetándola, tal y como se turna con otro trabajador, «aunque quizás es peor abajo, ya no puedes ni agarrar».
Álvaro García-Nieto, que trabaja en los jardines de la Diputación, fue ayer también más precavido. «El jueves pasé más frío pero hoy vengo con calcetines gordos». Recoger a golpe de rastrillo las hojas y flores que caen al suelo en los jardines es tarea ardua -en un día él y su compañero pueden llenar cuatro o cinco contenedores-, a lo que hay que sumar el frío: «Ya ha habido días duros, y vendrán peores».
La calle García Camba es, desde hace unos días, el «lugar de trabajo» de Christian Heerberij, un indigente holandés de 53 años que recaló en Pontevedra camino a Lisboa. En perfecto español -que asegura que aprendió en el Instituto Cervantes en su país- destaca que lleva desde las 9 sentado en la acera, «pero hoy no hace tanto frío». Estos días está pernoctando en el albergue de Cáritas en Monte Porreiro y subraya el trato recibido. Come en San Francisco y espera marcharse el domingo, para viajar «poco a poco» a la capital lusa, donde confía estar para San Valentín. Cuenta que allí tiene una entrevista para un puesto de profesor de inglés para adultos que gestionó por Internet: «Yo soy mendigo-internauta, hay que ser moderno».
Donde el frío se resiste hasta con gusto es en la terraza del Carabela, donde a las once y media ya da de pleno el sol. Pilar es la primera clienta que la pisa a esa hora y subraya que se está «fenomenal». «Es cuestión de abrigarse. ¿Y entonces cómo hacen los noruegos?». «En mi caso -apunta- el tabaco tira, pero yo soy de terrazas, no me gustan los espacios cerrados. Y el Carabela es emblemático, mi terraza favorita». A esa hora, las del centro histórico están aún vacías.