Luces y sombras de un invierno al sol

carmen garcía de burgos PONTEVEDRA / LA VOZ

PONTEVEDRA

CAPOTILLO

Algunos comerciantes siguen mirando al cielo por si llueve, y otros para que lo haga

11 ene 2015 . Actualizado a las 05:00 h.

«Las flores, con la lluvia, se pudren», admite Oliva Cochón en su puesto del Mercado de Abastos. A unos metros, a Mari Carmen Iglesias, pescantina, le entran escalofríos cada vez que se acuerda de las infinitas ciclogénesis de las Navidades del año pasado. Definitivamente, el sol que trajo Papá Noel de Laponia, o que los gallegos nos ganamos a pulso a base de aguantar con paciencia un verano pasado por agua y con temperaturas otoñales, llegaron como una bendición. O no.

«Al hacer tan buen tiempo, las flores duran más, y la gente compra menos». Es Oliva, nuevamente, quien habla mientras atiende a los clientes que van llegando a cuentagotas pero sin pausa. Además de ser el claro ejemplo de que nunca llueve a gusto de todos, lo es también de que no todos los colectivos miran con temor al cielo por si caen gotas. Algunos rezan para que ocurra. Si no, que se lo digan a Mass, uno de los vendedores ambulantes de paraguas de la ciudad.

El joven africano no da crédito a la transición de año que se vivió en Pontevedra. Con sus esperanzas puestas en un par de chaparrones certeros que le permitieran deshacerse de sus protectores de agua con fotos de caritas de cachorros de anuncio, hizo el viernes a mediodía su primera venta. «Son para aguas, no para soles», bromea con el limitado español que maneja. Fue unos minutos antes de que dos agentes de la Policía Municipal se pasearan por la plaza de los Niños y los detectara. Mass y su compañero tuvieron que recoger sus pertenencias y marcharse a otro lugar.

De paso que se pasea

En realidad, los vendedores de paraguas son de los pocos comerciantes que reciben las borrascas con una sonrisa. El resto de los propietarios de tiendas, sobre todo los de la ciudad del Lérez, lo hacen a regañadientes. El presidente del Centro Comercial Urbano Zona Monumental (CCUZM), Miguel Lago, ya lo advertía poco antes de las Navidades: de llegar otras como las del año pasado, los resultados iban a ser mucho más moderados de lo deseable. Y eso, teniendo en cuenta que solo en estas fechas se hace una cuarta parte de la caja total del año, es mucho decir. Y mucho temer.

Finalmente, se impuso el sol y la gran superficie comercial que es el casco viejo de Pontevedra se llenó de peatones. Y algunos de ellos, entre compra y compra y cena y cena, aprovecharon para pasarse por alguna de decenas de peluquerías que hay en el centro. También para esta clase de negocios es una ventaja el buen tiempo. Y lo han notado: «Cuando llueve, la gente viene mucho menos, porque piensan que peinarse para que nada más salir a la calle la lluvia lo estropee no compensa», explica Eva, una de las profesionales del sector.

Terrazas y hostelería

Y también de este tipo de clientela, sobre todo, se nutren los negocios de hostelería. Las terrazas, principalmente a mediodía y cuando todavía lucía el sol, se pasaron todas las fiestas a rebosar. Incluso cuando las temperaturas no eran tan bajas, por las tardes y noches resultaba difícil encontrar un hueco al aire libre. Es lo que tiene la ley antitabaco: que hace a la gente más resistente al frío.

Y no solo las terrazas. El interior de las cafeterías, restaurantes y pubs hicieron su agosto en una de las Navidades más parecidas al verano que se recuerdan en Pontevedra. Hasta el punto de que poco antes de Nochebuena ni siquiera se preveía activar el protocolo de frío: ni la lluvia ni las bajas temperaturas hicieron su aparición. Ni se las esperaba.

Una vuelta por la Praza de Abastos ayuda a hacerse una idea de la situación. Lo del pescado y el marisco está más que claro: no es ya que con temporal los barcos no puedan salir a faenar, y por tanto el material escasee hasta puntos casi preocupantes, sino que la mezcla del agua dulce con la salada no mejora ni el sabor ni el tamaño ni el número de los ejemplares.

Dolores Afonso, Lola, es otra de las que tiene el alma dividida: por una parte, el calor y el sol anima a tomar más fruta fresca y verduras. Por otra, las legumbres necesitan algo de lluvia para crecer bien y no estropearse. Por no hablar de los estragos que causan las heladas en todas las cosechas y el ganado: secan el pasto y queman todo lo que se pone en su camino si continúan durante una temporada prolongada. Por el momento, todo parece bajo control, al menos bajo el sol.

Las flores, el pescado y los peinados se estropean con lluvia abundante