Cuando la política se transforma en un episodio del Club de la Comedia suceden estas cosas. Convertir las ocurrencias en expectativas de futuro puede ser admisible en la barra de un bar, pero jamás han de traspasar sus puertas si lo que está en juego es el bien común. El sainete del hospital de Monte Carrasco es un ejemplo paradigmático de esa forma de entender la política en la que, como siempre, el ciudadano acaba vestido de pagano.
Durante seis años, el PP alimentó una fábula que ha acabado por desfigurarse hasta tocar el género de la tragicomedia. No solo porque eran muy pocos los que creían en el proyecto diseñado por la Xunta, sino también porque entre los profesionales sanitarios la opción preferida era la ampliación de Montecelo: más viable y más económica; más real, en definitiva.
Pero los populares se obstinaron en sostener públicamente su idea, incluso cuando muchos de sus representantes admitían con la boca pequeña que Monte Carrasco era ciencia ficción, un propósito inabarcable en esta era de telarañas en la caja. Por el camino, se han perdido seis valiosos años. Montecelo se ha visto superado por las necesidades del servicio, al extremo de que la Administración sanitaria se ha visto obligada a mantener en activo el Provincial, un anacronismo trufado de deficiencias denunciadas una y otra vez por pacientes y profesionales.
El último capítulo de esta farsa ha sido cómo se informaba sobre la envainada. Por la puerta de atrás, en busca de un provecho inadmisible en un caso de rectificación tan flagrante. Intentar vender ahora la ampliación de Montecelo como un logro político resulta ofensivo para miles y miles de pacientes. En realidad, una broma pesada más a la altura de esta pesadilla.