Media vida limpiando la cárcel de A Lama: «Ás noites, cando pechan as portas e cada un queda só e encerrado, entendes o que é»

María Hermida
María Hermida PONTEVEDRA / LA VOZ

A LAMA

Lourdes, que acaba de jubilarse, junto a tres compañeras de trabajo, en la cárcel de A Lama.
Lourdes, que acaba de jubilarse, junto a tres compañeras de trabajo, en la cárcel de A Lama. ADRIÁN BAÚLDE

Lourdes entró a trabajar en la prisión cuando abrió en 1998 y ahora, recién jubilada, recibió una condecoración junto a compañeros como Fina, trabajadora social, que dice: «O máis duro foi a época da droga, da heroína»

26 sep 2025 . Actualizado a las 19:07 h.

Cuando Lourdes Durán andaba por los cuarenta años, la empresa de limpieza en la que trabajaba, bien en el hospital de Pontevedra bien en el colegio Príncipe Felipe, le propuso ir a trabajar a A Lama. A ella le gustaba la idea, porque es natural de allí, de O Peso, así que evitaba desplazarse. Pero había un quid de la cuestión: «Acaba de abrir o cárcere na Lama e era para limpar alí. Cando o dixen na casa non lles gustou nada... iso de ir para a prisión parecía que non soaba ben», cuenta. Pero a ella le ilusionaba el reto y allá se fue. A día de hoy, recién jubilada y apretando con cariño la medalla de plata que le acaban de entregar por el esmero con el que limpió durante media vida en los módulos penitenciarios, Lourdes cree que tomó la mejor decisión posible «Non tiven nin o primeiro problema aquí». 

Lourdes echa la vista atrás y recuerda cómo fueron los primeros tiempos limpiando en la prisión. Dice que pronto aprendió a moverse por dentro «coma se nada, dun lado para o outro todo o tempo». Dice que las medidas de seguridad acabaron siendo una rutina más. Pero, mientras abraza a los compañeros que en el día de La Merced le dan la enhorabuena por la distinción recibida, reconoce que hubo algo a lo que no se acostumbró en treinta años: «Non se pode dicir que aquí estea ninguén en malas condicións, non é iso. Pero ás noites, cando pechan as portas e cada un queda só e encerrado, entendes o que é isto. É algo que sentes moi dentro, penso que é aí cando te das conta do que é que che falte a liberdade», indica esta mujer. 

Habla de cómo fue evolucionando todo. Del enorme respeto que sintió siempre tanto por parte de los funcionarios como de los internos, con los que se cruzaba en el patio o en otras estancias. Y señala: «Aquí entendes que na vida pódese acabar no cárcere por moitas causas. Eu, cada vez que me cruzaba con algún recluso que estaba mal, que choraba ou que lamentaba o que ía tardar en irse, sempre lle daba ánimo, sempre lle dicía que de aquí sáese, que o peor na vida é ter unha enfermidade grave. Dalgún xeito intentaba que mirara cara o futuro», dice ella con emoción.

Cuenta también que hubo ocasiones en las que algún padre o madre que la conocían y que tenían a sus hijos dentro le encargaron que los visitase: «E claro que fun mirar por eles», dice. Señala también que fueron bastantes las ocasiones en las que se encontró a exinternos ya libres, en la calle y con la vida rehecha. Dice que les saludaba, pero con un guiño de complicidad: «Ao que me preguntaba dicíalles que nos coñeceramos traballando, que eu limpaba e el ou ela estaban na cociña. Porque a vida de cada un é privada», sostiene esta mujer.

Cerca de Lourdes está Fina, que lleva dos años jubilada después de ser trabajadora social durante toda su vida en centros penitenciarios. Estuvo en Carabanchel, en la extinta prisión pontevedresa de A Parda y posteriormente en A Lama. Ella acudió a recoger una mención a su coordinadora, que no pudo ir por achaque de salud. Como Lourdes, también mira atrás y recuerda lo mucho que se avanzó: «Agora aquí pódense ata cursar estudios universitarios», dice. Tiene claro cuál fue el peor momento: «O máis duro foi a época da droga, da heroína. Cantos morreron!».