Óscar Krönner. 38 años. Narón. Analista
09 ago 2018 . Actualizado a las 05:00 h.Mentía tan bien que te hacía dudar de sus propias verdades. En una ocasión me dijo que había matado a su monitor de la autoescuela y había escondido el cuerpo bajo mi cama. Escéptico, no me digné a apartar el edredón para ver si aquel señor yacía sobre el rallado parqué. A los pocos días un olor nauseabundo se extendió por mi habitación y por todo el piso que compartíamos. El impaciente cadáver había comenzado su proceso de descomposición. Fuimos a enterrarlo una noche al monte Xalo, donde, el siguiente verano, lo encontraría una cuadrilla que apagaba un incendio.
Yo estaba enfadado y le dejé cavar solo. Me irritaba su forma de ser. Siempre intentando quedar por encima, ser el más listo. Nos conocíamos desde niños y nuestra amistad había crecido como una relación autoimpuesta. Cuando llegamos a la universidad nuestros padres se alegraron de que nos tocara en la misma ciudad. Recuerdo que, el día en que fuimos a matricularnos, vi a un chico sentado en un banco del campus. Leía un libro con los auriculares puestos; de una bandolera sacó un botellín de agua y un bocadillo. Parecía autosuficiente en una burbuja que nadie estallaba. A pesar de todo, a mí me resultaba tranquilizador empezar el curso con Adrián y no tener que enfrentarme solo a los pasillos de la facultad. El problema con los amigos de siempre es que es difícil saber si los aprecias o los odias. A lo mejor a ti también te pasa.
A la sombra de los eucaliptos la oscuridad era casi total. Mientras esperaba apoyado contra el coche, me encendí un pitillo. Me envenenaba pensando en las veces que me había dejado quedar por tonto. Comparaba sus logros y los míos, sus amigos y los míos. Yo conocía todos sus juegos y estrategias para engañarme, pero siempre terminaba cayendo en sus embustes. Lo vi volver. Sudaba y tenía la frente y las manos manchadas de tierra. Entonces una idea salió derrapando de mi cabeza: «¿Mataste al monitor después de decírmelo, verdad?». Solo respondió que me invitaba a una copa. Bajamos al Orzán y el cubata me supo a victoria.