Nunca he creído demasiado en los inicios y en los finales. Tampoco soy de los que piensa que el destino está escrito y que, si algo ha de pasar, pasará. Cuando un suceso ocurre, tratamos de enmarcarlo en una escala. Recordamos la hora y el minuto del día en el que nacen nuestros hijos, el número de la habitación del hospital… Y de ese modo generamos una especie de autocomplacencia que necesitamos como garantía de seguridad, como si tuviéramos el control de nuestra existencia en un mapa mental a nuestra disposición.
Sin embargo, los sucesos no tienen por qué ocurrir realmente en el momento en que los percibimos, todo depende del sistema de referencia del observador. Ahora ya sabemos que la gravedad no es solo una fuerza, los humanos no estamos en equilibrio estático sobre el planeta. Nos caemos constantemente. Nos precipitamos dentro de la galaxia, que, a su vez, también lo hace en el universo y así, indefinidamente, dentro de un espacio deformado en el que el tiempo es relativo.
El calor no me deja pensar y aquella noche bochornosa de verano en Barcelona, mientras regresaba conduciendo a casa, puse el climatizador a tope, hasta que el aire fresco me permitió recobrar el aliento. En ese preciso momento, lo vi todo con más claridad. Comprendí que cada detalle de cada imagen que percibimos, cada palabra de una conversación, cada sensación asociada a un recuerdo, están ahí almacenados, en alguna zona remota de nuestro cerebro, esperando a que averigüemos el camino hasta llegar a ellos. Recordé aquella navidad en la que los Reyes Magos me trajeron una espectacular nave espacial, el año en el que me regalaron mi primera bicicleta de color azul, aquel primer beso detrás del árbol del colegio y así un recuerdo tras otro.
Seguí pensando con claridad. Y si pudiera desplazarme hacia atrás en el tiempo, ¿qué haría? Posiblemente, besarte mucho más de lo que lo hago, decirte cada mañana que te quiero, pasar más tiempo con mamá, jugar más con mi hijo, disfrutar y, sin duda, no me habría tomado esa copa de más antes de haber cogido el coche para irme a casa.
Alfonso Argüeso López. Ingeniero. 42 años. A Coruña.