Cabeza de ajo oculta en el bolsillo. No creer en supercherías, pero no querer evitarlo. El traje, con la textura roída por capas de historias que son también la suya: un mismo paño vistió en la boda de un hermano y llevó al entierro de los padres. El del préstamo para ampliar la granja heredada y que hoy lucía, cómo no, al recoger en la capital el deseado Fromage D’or, su queso, el mejor curado del año.
Quizás era aprensión, pero notaba todos aquellos olores aún pegados. «Una sucesión de recuerdos sin vida que dura ya cincuenta y seis años» se dijo en voz alta. De nuevo, la película olfativa: «a colonia da avoa», esa que se le regalaba por el Carmen. El picantillo dulzón del bote de cacao amarillo y rojo en aquel universo marrón-negro-gris que era su infancia. Cuajo, leche agriada. El VaronDandy aftershave antes de la Panorama. El tranvía, aceite y keroseno, el olor a mar al llevar los quesos a la plaza. Rebuscando sinsentidos, se los encuentra fácilmente: las borracheras con porrón y cacahuetes, las penas del fútbol, las peleas agónicas de los padres, inocencia aterrada, adolescencia desafiante y portazo final. Cuántas pérdidas y qué poco se olvidan los gritos de la memoria.
El neurólogo le advirtió como sería el camino de vuelta: iniciaría una leve disminución olfativa, compensable con los restantes sentidos, pero lo de recordar ya no volvería. Por eso su empeño en coleccionar destellos que le evocaban vida. El purgatorio, de existir, debía ser algo parecido a un limbo donde encontrar perversamente ordenados, lo que has ido olvidando de la vida: aquella bolsita de preciadas canicas que dejaste en la dentista. Las llaves del candado de la moto, forzado al llegar de la mili. Los papeles de la parcelaria al salir del notario, apoyados en la mesa del café: tú cogiste con las dos manos el rebosante paquete de churros para llevarle a los de casa. Y la carta, que te juraba amor, que regresaría para buscarte: la leías a escondidas y allá se fue, entre las hojas del periódico con el que envolviste apresurada y torpemente un queso y un Barrantes. Chirría el vagón, llegamos a destino. Destino. Tal vez perder fuese el único destino.
Una elegante maleta con ruedas y tu bolsa arrastrada chocan su paso en el andén. Un fular con olor a hierba mate ondea al aire, cae al suelo y lo recoges. Encuentras sus ojos.
-¿Eres tú?
laura lizancos mora. Profesora. 55 años. A Coruña.