Los pinos

Rosario Barros Peña

RELATOS DE VERÁN

Es un mar verde con un oleaje imperceptible formado por los diferentes reflejos que el sol dibuja sobre los pinos. El hombre coloca su mano sobre los ojos e intenta abarcarlo con una mirada. La humedad se le enreda en las pestañas y se desdibuja el verde y el gris azulado del cielo.

Es un sueño. Ni casas, ni senderos, ni prados. Solo pinos. El sueño de su abuelo.

-Así tiene que ser, abuelo -susurra-.

El abuelo Juan. El único familiar de aquel niño solitario y enfermizo a quien sus padres no sabían cómo tratar.

Cuando murió la abuela, al hombre se le hizo demasiado grande el campo y se fue a la ciudad, a compartir el piso de su hijo, a conocer a su nuera, a intentar comprender a aquel pequeño que al principio se le resistía. Pero luego no. Luego con la soledad del niño y la del anciano se formó una gran compañía.

Abuelo y nieto hacían planes. Y había uno, grande, inmenso, que lo abarcaba todo.

-Pinos, chaval, pinos. Un día volveré a la aldea y plantaré pinos. No quiero eucaliptos. Solo pinos.

Pero una noche corta, de un junio lleno de sol, el abuelo Juan se puso malo. Una ambulancia lo llevó al hospital y a los pocos días, un coche fúnebre lo dejó en el cementerio.

El niño no se enteró. Los padres pensaron que un disgusto así no podría superarlo.

-Volvió a la aldea -le dijeron-, a plantar los pinos con que soñaba. Vendrá a buscarte cuando termine.

Pero no volvió. El pequeño no lo entendió. Preguntaba y había solo una respuesta: «Son muchos pinos».

El niño dejó de preguntar y se enrabió porque aquel abuelo que parecía tan amigo suyo lo había olvidado.

Dos años después, los padres le confesaron que el abuelo se había muerto y que por eso no podía volver. Y fue entonces cuando la vida dejó de valer la pena para el chiquillo. Por la muerte del abuelo y por la rabia que había sentido al pensar que él lo había abandonado. Quiso morirse. Dejó de comer y se hundió en una tristeza gris, que se convirtió en una niebla oscura que amenazaba con tragárselo.

Un psicólogo dijo a los padres: «Necesita una razón para vivir». Y los padres la encontraron: los pinos.

El chaval vio como, año tras año, el valle se llenaba con los arbolillos soñados.

El hombre sigue ojeando el horizonte.

-Aquí están, abuelo. Mira qué hermosos. Nuestros pinos. Nuestro sueño.

Rosario Barros Peña. Pensionista. 85 años. A Coruña.