Cuando el médico te dijo que no te quedaban más de cinco años de vida, tú reaccionaste con una sonrisa. Supongo que esperaba que te derrumbaras, que dijeras que no era justo, que por qué a ti. Bueno, las estadísticas están para romperlas, ¿no?, le contestaste. Siempre tuviste la seguridad de romper los pronósticos más agoreros.
Desde esa primera noticia intentaste contagiarnos tu optimismo, aunque en ocasiones tu semblante, tu voz, te delataban. Una pequeña pausa en la conversación, un quejido disimulado, pero siempre una risa como despedida.
Recuerdo una llamada en el ecuador de la enfermedad. Estabas ilusionado con la boda de tu hija, ajustando el tratamiento para reducir su agresividad y no fallarle ese día. Qué ironía. Intenté darte esperanza, que seguro que ya estarías recuperado para la boda. Palabras huecas, vacías de todo argumento. Nunca olvidaré lo que me dijiste.
Tito, pronto me voy a morir. No me queda mucho, lo sé, pero tengo muchos motivos para estar agradecido por la vida que me tocó vivir. Tengo una mujer maravillosa, unos hijos estupendos. Mi hija se va a casar con un gran chaval, tendrías que conocerlo. ¿Qué más puedo pedir?
Te escuchaba con los ojos vidriosos, aliviado de que no me vieras. ¿De qué pasta estás hecho?, pensaba al otro lado de la línea. ¿Cómo puede alguien de cincuenta y ocho años reaccionar así ante la inminencia de su muerte? Finalizamos la conversación con una de esas risotadas tuyas, como si acabáramos de recordar una anécdota cualquiera de cuando estudiábamos en el Liceo.
Días atrás me sorprendí a mí mismo buscándote por el Cantón durante tu paseo matutino, acompañado por tus hermanas y apoyado en José Antonio, como tantas otras veces. Hacía un par de semanas que te habías ido, poco después de que naciera tu nieto.
Supongo que pensaste que ya no había motivos para retrasarlo más. Es una pena que ese niño no pueda crecer teniéndote a su lado. Ojalá herede tu fortaleza y optimismo. Fernando, nos veremos allá donde estés.