Notó cómo su corazón aceleraba el ritmo y una familiar sensación de nerviosismo comenzaba a invadirlo. Recordó que, en su formación militar en cuerpos de élite, le habían enseñado a mantener el control en escenarios mucho más peligrosos y complejos que el actual. De hecho, hace pocos años, si le hubiesen contado la tensión que vivía en ese momento, sus carcajadas habrían sido memorables. Pero el tiempo es un juez implacable que cada vez perdona menos, y aunque físicamente parecía estar en buen estado para su edad, la computadora —como llamaba a su mente— ya tenía algunos circuitos defectuosos. Y justo allí, en ese momento, luchaba por recordar el maldito código. Solo le quedaba un intento, pues los otros dos habían sido un fracaso. No podía dejar de pensar en su esposa y en toda su familia, y esa presión le bloqueaba en ese instante crítico. Para él, el desastre de hoy sería de consecuencias difíciles de asimilar. Volvió a concentrarse, mirando fijamente el teclado numérico frente a él. Pasaron los segundos, y cuando ya sentía los latidos en su sien, una imagen fugaz le aceleró aún más el corazón: un recuerdo de su entrenamiento, donde le explicaron la relación entre números y letras para recordar codificaciones. En ese instante de lucidez, recordó que en su día había asociado ese código a un color: el rojo. Nervioso, sacó su móvil del bolsillo, activó el teclado y buscó las cuatro letras y el número correspondiente: R.7-O.6-J.5-O.6. La cifra le resultó tremendamente familiar y no dudó más. Pulsó los cuatro dígitos 7656 y esperó. El pitido, el símbolo verde y el papel que salió de la máquina fueron el mejor regalo del día. Un «todo correcto, señor» del camarero, y su cara de satisfacción al volver a la mesa, donde los invitados de su 90 cumpleaños lo esperaban, ¡ese momento no tenía precio! «Pues sí que has tardado», le regañó su mujer. «¿Has tenido algún problema?» «¡En absoluto!», respondió sonriendo. «Ya sabes lo que fallan los malditos ordenadores…».