Y un día Gonzalo, mi nieto más pintoresco, y yo decidimos ir a tomar un chocolate con churros a El Timón. Recuerdo que era un miércoles. En medio de una conversación sin importancia me comenta: «Abuela, ayer me pasó una cosa muy rara. ¿Ves lo que tengo en este dedo?». «Sí, un pinchacito, ¿no? Eso no es raro», le digo. «No, lo raro es que me lo hice cuando estaba soñando. Me clavé una espina. Pero no estaba soñando. En los sueños no se siente dolor. Y a mí me dolió», explicó. «Sí, es un poco extraño», comenté. «No te preocupes. No tiene importancia», dijo, quitándole hierro. «¿Cuándo tienes el próximo partido?», le pregunté, cambiando de tema. «El sábado». «¿En el campo del colegio?» «No, en el mismo sitio del otro día. En la casa de campo de los amigos de papá». «Ahora recuerdo... Papá me contó que en ese partido tú te caíste y te llevaste un buen susto», le dije yo. «¡Ah, sí!, pero fue porque me caí encima de un rosal».