AVENIDA DE RAXOI

La Voz

SANTIAGO

RUBÉN SANTAMARTA

19 oct 2001 . Actualizado a las 07:00 h.

Hay rincones que son una sacudida salvaje y diaria a la memoria, un lugar donde nunca se te ocurrió residir, no por anhelos, sino por bolsillo. Existen ventanas a un mundo de piedra que te ofrece un rayo de sol por diez que lo priva. Y, ante todo, hay huecos por los que respirar. Un buen soplo que llega más profundo que a los pulmones es la avenida de Raxoi, un callejón estrecho que se ríe de su propio nombre, un espacio con puertas en una sóla fachada y en el que la tranquilidad de los días sólo es comparable al alboroto nocturno de unos tunos que dejan sus automóviles en doble fila a la puerta de mi casa. Y «¡Clavelitos, clavelitos!»... en la medianoche. Silvio Rodríguez proclamaba que él vivía en un país libre. Yo, en un tercero, con vistas a la Catedral, que es lo primero que recalco cuando alguien requiere mi dirección. Su rostro no es de sorpresa. Es envidia. Perdonen el exceso de arrogancia, pero es la misma que compartimos decenas de vecinos que salimos a la par para abandonar la basura enfrente o que cotizamos al alza cuando cruzan el cielo los fuegos del Apóstol. Si se pasan por allí, les recomendaría cualquier ventana y una grata compañía. Algunos, por fortuna, ya lo hemos logrado. ¡Ay! Cuánta arrogancia para una calle tan pequeña. redac.santiago@lavoz.com