EL TINTERO | O |
27 nov 2003 . Actualizado a las 06:00 h.AL FUERTE de Winchester, que está detrás del Pazo de Raxoi, parece que le queda poco tiempo. Después de diez años, las autoridades locales han entendido que es más bella una pequeña plazuela que una pretenciosa barraca de madera, que algunos han comparado con la pulpería, pero que a mí me parece una especie de injerto arquitectónico importado de Port Aventura o del desierto de Tabernas, en Almería, donde se rodaban los spaghetti western. Esta dependencia, que nació para exhibir los proyectos de Estévez, acabó convirtiéndose en el trastero de la gestión administrativa del Concello, hasta el punto de que ahora está ahí el registro, con un aire hortera en plan Las Vegas. Cuando uno entra en ese lugar tiene la sensación de que se ha equivocado de sitio y que en vez de repartir instancias o impresos sirven chupitos de whisky para bebérselos de un trago. Una cosa es la innovación arquitectónica y otra la improvisada política del parche. Construir la belleza urbanística de esa zona ha costado mucho tiempo para mancillarla tan gratuitamente. Es como si Pavarotti, después de una ópera, va y le canta al público: «Yo para ser feliz quiero un camión...»