Entrevista | José Antonio Souto Paz La primera vez que los santiagueses decidieron con libertad quién iba a dirigir la ciudad escogieron a este catedrático de Derecho Canónico que vivió una etapa política convulsa
24 abr 2004 . Actualizado a las 07:00 h.? José Antonio Souto Paz (Pontevedra, 1938) ya no le paran tanto por la calle como en el año 79 ni le piden cosas, pero conserva buenos amigos en Compostela. Fue infructuoso encontrar alguna fuente de documentación que largara una mala palabra de él. Desde hace años vive en Madrid dando clase de Derecho en la Universidad Complutense, muy alejado de la política activa. Esta semana estuvo de nuevo en la ciudad que gobernó entre los años 79 y 81 por decisión expresa de los compostelanos. -A usted no le hacía mucha gracia lo de meterse en la política activa. -Todo fue una gran liada. Entonces era decano de Derecho en Santiago y admito que en aquellos años animé a mucha gente valiosa a meterse en política, pero a mí me daba mucha pereza. De ahí surgió el Partido Gallego Independiente («con González Mariñas, Meilán Gil y otra gente») del que me nombraron presidente aprovechando mi ausencia. Y lo tuve que asumir. -¿Cuándo llega a la UCD? -Enseguida nos integramos en aquella coalición de partidos, cuestión con la que no estaba de acuerdo, por lo que dejé todo y me dediqué de nuevo a la docencia. -Pero todo esto ocurre en cuestión de meses, porque poco después usted se presentaba a las municipales. -Me insistió mucha gente para que me presentara y tras varias semanas de reflexión accedí. -Y ganó. -UCD acababa de arrasar en las generales, lo que tuvo mucha influencia. Sacamos diez concejales. -¿Recuerda el eslógan de su campaña? -Mmmm. No. -¿Qué se encontró? -Pues mire: éramos 25 concejales y, que yo recuerde, había representados once partidos distintos. Y he de decir que todos trabajaron a destajo. Había muchísimas cosas por hacer y apenas había funcionarios ni técnicos, por lo que todo el mundo que entraba en mi despacho con ganas de trabajar podía hacerlo, fuera del partido que fuera. Recuerdo el ejemplo de Pasín o Candela, que eran comunistas, o del propio Estévez, que hizo un trabajo magnífico. No fue el caso del BNG, que tenían orden de no colaborar con el gobierno. -¿Con qué panorama se topó? -Me encontré un presupuesto de 475 millones de pesetas y unos gastos fijos de 400. Y me encontré, claro, con un montón de acreedores a la puerta. -Pocos cuartos para tanta revolución pendiente. -Evidentemente. Mire, en nuestro programa llevábamos la ampliación del periférico hacia Conxo, una ronda que pasaría por el Pedroso para desatascar la ciudad, el Auditorio de Galicia... Infraestructuras que nunca se podrían abordar con aquel raquítico presupuesto local. Necesitábamos ayuda de otras administraciones y por eso intenté poner en marcha el Patronato de Santiago, con el fin de obtener fondos adicionales de Madrid (la Xunta aún estaba naciendo) por la condición histórica de la ciudad. -Tengo entendido que ese tema fue clave en su corta etapa de alcalde. -Sí lo fue. Recuerdo que habíamos conseguido 11.000 millones de pesetas consignados a través de varios ministerios, pero entonces se produjo la dimisión de Adolfo Suárez y todo el proyecto se vino abajo. -¿Por qué? -Muy fácil. Leopoldo Calvo Sotelo no quiso saber nada del tema. Era un señor hosco y terco que actuó incluso en contra del criterio de la gente que le rodeaba, como Pío Cabanillas o Juan José Rosón. -Y usted forzó la máquina en un partido en plena convulsión. -No se crea. El problema lo estaba creando el presidente. Era un señor altanero que no entendía las cosas. Yo di un plazo para que se cumpliera la promesa de Suárez de crear el Patronato. Y no se hizo, por lo que tuve que dimitir. -Valore los logros de aquella etapa. -Entonces conseguimos (nunca se atribuye individualmente los aciertos) poner la primera piedra de lo que hoy es el Consorcio, pusimos en marcha el reconocimiento de Santiago como ciudad Patrimonio de la Humanidad y otras cuestiones más domésticas como la peatonalización que luego cuajaron con éxito de la mano de Estévez. Cuando todo esto se fue cumpliendo me di cuenta que estábamos en lo cierto y el equivocado era Calvo Sotelo. Santiago perdió ocho años de progreso por su culpa.