El último vuelo llevaba sorpresa

La Voz J. M. C. | SANTIAGO

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Crónica | Los agravios de Iberia hacia Lavacolla

05 jul 2006 . Actualizado a las 07:00 h.

«¡Que-re-mos-vo-lar-a-San-tia-go!». Un hombre canoso acompasaba las sílabas con golpes contundentes en el mostrador de la puerta de embarque número 15 del aeropuerto de El Prat. Faltaban unos minutos para pasar del martes al miércoles y en la terminal tendría que escucharse sólo el susurro de las máquinas que pulen el suelo, si no fuera porque la compañía Iberia había vuelto a dejar tirados a unos setenta pasajeros que intentaban viajar de Barcelona a Galicia. El pasaje tendría que haber salido a las 22.05 en el vuelo IB1528, pero cualquiera que sume unos cuantos puntos en la Iberia Plus se podía dar cuenta de que algo no funcionaba. En las pantallas se apreciaba que el aeropuerto catalán funcionaba como un reloj -la disculpa del caos en la T4 ya no valía- pero era extraño que a una hora del despegue el avión no tuviera asignada la puerta de embarque. Hubiera sido mejor que no se aventurasen a adjudicar ninguna, porque el posterior baile fue delirante: de la 18 a la 14; de la 14 a la 15; de la 15 a la 18; arriba, abajo, arriba, abajo. Hasta que el pasaje se plantó. Antes, el partidazo entre Italia y Alemania se comportó como un antibiótico entre la grey masculina, pero en cuanto Gilardino mató el encuentro y se pasaron los efectos el mal humor fue en aumento. La ex compañía de bandera española sólo hablaba de «retraso de una conexión Amsterdam-Barcelona». Las dos mujeres de mediana edad que atendían el acosado mostrador sabían mucho menos de la situación que un congresista gallego que, efectivamente, llegaba desde Holanda en el dichoso avión y anunciaba lo peor: «Me temo que no vamos a volar hoy porque la tripulación ya cumplió sus horas», comentó discretamente. Su información, de primerísima mano, caldeó aún más el horno: el pollo estaba trinchado. Por tercera vez en menos de siete días, un avión de Iberia dejaba de volar a Galicia por falta de personal. A gritos, pero aún con cierto orden, afloraron los dramas personales inevitables tras la cancelación de un vuelo a última hora: «¿Quién va a abrir mañana mi negocio? ¿Pero no ve que viajo con un niño pequeño que está agotado? ¡Esto es un cachondeo! ¡Lo sabían desde la tarde y no nos avisaron!» Demasiada algarabía que atajaron un guardia civil y un altísimo operario de Iberia: «Se pongan como se pongan, hoy no van a viajar». Ante tal firmeza, sólo quedaba replegarse y negociar el vuelo mañanero y llegar, en el mejor de los casos, doce horas más tarde de lo previsto: a las dos de la madrugada acoplaban a los últimos pasajeros y los repartían por hoteles: la mayoría se hospedó en Sitges (a 33 kilómetros). A otros los mandaron al Hotel Prestige. ¿Se puede vacilar más a un gallego?