16 jul 2008 . Actualizado a las 02:00 h.

Dice Ariel, que me entierren allí donde caiga muerto. Sabe de patrias y ya no quiere saber más. Ariel nació en Buenos Aires en 1942. De pequeño, se fue con sus padres a vivir a Estados Unidos. Vistió sombrero tejano y camisa de cowboy . Disfrutaba de aquella cultura con regusto a Coca-Cola y palomitas. Pero un día su padre tuvo que marcharse con su familia. Porque estaba a punto de caer una oscura tela de araña. La paranoia oficializada que envolvió casi hasta la asfixia intelectual a todo un país a mitad del siglo XX. El macartismo . Ariel, después, gritó por las calles de Santiago de Chile aquello de: «¡Allende, el pueblo te defiende!». Pero un día, cuando las calles ya empezaban a ensangrentarse, se vio en la encrucijada de su vida, detenido en una de aquellas avenidas. O avanzaba hacia el Palacio de la Moneda para defenderlo o huía para defender su vida. La muerte o el exilio. Mártir o testigo. Y decidió ser testigo y refugiarse en la embajada argentina para escapar hacia la nada. Más tarde, vivió en París y en Ámsterdam. Pero aquella tierra de acogida quedaba muy lejos muchos de los suyos. Después estrenó una obra de teatro sobre la tortura en un Chile ya democrático. Pero un día después la crítica lo machacó por revolver en cenizas humeantes que casi todos querían enterrar para que el dolor no quemara de nuevo. «Tú no estabas aquí», parecían recriminarle. No soportó el castigo. Y se fue. Un nuevo destierro. Tuvo que abrirle sus puertas Broadway para que llegaran los aplausos, los premios, los homenajes...

Ariel es un tipo de familia judía con un cierto parecido a Woody Allen. El autor, entre otras obras, de La muerte y la doncella , aquella pieza teatral que Roman Polanski adaptó al cine envolviendo la tensión con agreste costa gallega. El documental El exilio de Ariel Dorfman cuenta su historia. Que son muchas. Que dice que la patria son aquellos a los que se ama.