Emilio Calatayud, titular del juzgado de menores de Granada, fue recibido en Teo como una estrella de cine y sus consejos no defraudaron ni a padres ni a alumnos
17 oct 2008 . Actualizado a las 02:00 h.Emilio Calatayud, juez de menores de Granada, autor de sentencias tan salomónicas como condenar a limpiar las calles a los responsables de actos vandálicos, conquistó por igual en Teo a padres, docentes y jóvenes, durante una charla informativa organizada por el instituto de Cacheiras y la asociación de padres y madres del centro.
El juez, que llegó media hora tarde porque se perdió, se ganó a la concurrencia al señalar que «hasta el más tonto, que se pierde con un GPS TomTom, puede llegar a ser juez de menores».
Tras la carcajada unánime del público y las preceptivas presentaciones, Calatayud entró en materia y recordó que en su trayectoria profesional con menores había juzgado 35 asesinatos, 75 violaciones y más de quince mil delitos y faltas. Con semejante bagaje quiso recordar a los jóvenes presentes que el Código Civil recoge expresamente en su articulado que las obligaciones de los jóvenes a obedecer a sus padres mientras son menores y a contribuir al levantamiento de las cargas familiares dentro de sus posibilidades. Bajo esta premisa, el magistrado les insistió a los jóvenes en el privilegio y también la obligación de estudiar porque, de lo que se trata es de «garantizar los derechos y exigir los deberes».
Calatayud, que señaló que a veces hay leyes difíciles de entender e interpretar hasta para los jueces, avaló la Ley del Menor, de la que afirmó, en ocasiones, es más restrictiva el Código Penal. También abogó por fórmulas como que los jóvenes acudan como público a juicios de menores para comprobar las consecuencias de determinados actos, observando a personas de su edad esposadas y condenadas, siendo conscientes de que los padres también pueden acabar en el banquillo.
En el turno de preguntas, sin pelos en la lengua, Calatayud le reconoció a una madre que «es más fácil ser juez que padre». A la hora de justificar su modo de practicar justicia narró su propia historia: «Yo era un niño pijo de Granada que suspendía todo. Mi padre me puso a trabajar en un taller y me dijo que no iba a criar a vagos y que debía mantenerme de mi trabajo».