Los trabajadores de la limpieza han dado un aviso de huelga; de momento, en Raxoi no quieren cargar con el problema
16 nov 2008 . Actualizado a las 02:00 h.Uno ha tenido el don de la inoportunidad a la hora de llamar a Marta Álvarez-Santullano para preguntarle por qué la motocaca no sale a la calle -hay quien sí la ve esporádicamente en ella- y para quejarse de que los despistados son las víctimas propiciatorias de la inacción de esos extraños vehículos. Y uno se encontró con un lamento de desesperación que casi le hizo olvidarse de las máquinas de limpieza: «Cambeiro, estoy tirada en el aeropuerto de Roma, lo que se dice tirada. Y me dicen que no habrá avión hasta pasado mañana. Tengo que solucionarlo». Y la despechada voz de Marta desapareció camino de los mostradores.
Uno empezó a imaginarse lo que pudo haber ocurrido con la motocaca. En el taller particular de un manitas como el ex jefe de bomberos, Cesáreo Rey, puede llegar a los diez mil pies.
Aunque no es el continuado quebradero de cabeza del transporte aéreo, el servicio de recogida vuelve a estar en entredicho una vez más. La ciudad se llenó de hojas con párrafos de denuncia contra la concesionaria Urbaser, y cuando se lee ese nombre envuelto en un manto de acusaciones es que hay que temerse otra estampa con fondo de basuras en las fotografías de los turistas. Lo teme Raxoi como al diablo y está logrando encallecer la resignación de los ciudadanos.
En el Concello de Santiago funcionan numerosas empresas concesionarias, y ha habido conflictos realmente envenenados, como los nacidos en el seno de la empresa de la contribución Cantera Argibay y en la firma de mantenimiento de jardines, Cespasa. Pero las discordias en el interior de Regasa-Urbaser llevan dos décadas saltando con periodicidad, y amenazan con aflorar en la recta final de un convenio laboral que concluye en junio.
¿Por qué Urbaser es la firma más conflictiva de las que tienen concesiones municipales? En Raxoi no saben explicárselo, pero sí saben que «algo falla» en las relaciones internas que cada dos por tres amenazan con hacer oler mal la ciudad. El Concello dice que los descostillamientos de Urbaser no son de su incumbencia, pero terminan siempre siéndolo. Cuando los ciudadanos empiezan a chapotear en la basura la administración se sitúa en el medio, y en la última huelga convocada la edila de Servizos ha tenido que emplearse a fondo, con éxito, para reponer la normalidad.
Pese a todo, en el último capítulo laboral de Urbaser que llegó a la opinión pública hay una denuncia seria, y es la ausencia de servicios contratados en la calle. Si realmente es así, el expediente es obligado. Ni siquiera la motocaca es anecdótica. Los ciudadanos que transitan por algunas calles, por ejemplo por la avenida de Salamanca, son conscientes de la importancia de la máquina y de que no hay razón para situarla a la altura de lo que recoge. Pero si las deposiciones han ido a parar equivocadamente al depósito de gasolina se hace preciso arreglarla y devolverla a la calle, porque si solo hay una más se notará su ausencia.
Los trabajadores acusan a la empresa de incumplimiento y al Concello de connivencia. Todos los servicios públicos concedidos tienen necesariamente que ganarse el canon y el control municipal se hace indispensable. Eso es lo que piensa el personal de Urbaser, pero más la ciudadanía, que quiere ver las barredoras y los camiones a tope en las rúas. Y los servicios bien cubiertos. Hay comerciantes del casco viejo que están especializándose en fotografía underground a cuenta de la aportación de pruebas gráficas de la presencia de basura en la calle en horas prohibidas.
En todo caso, lo que a nadie se le ocurre es echar a la basura, sin más, las hojas informativas de los empleados de Urbaser sobre los problemas del servicio. Les corresponde a ellos transportarlas.