La necesaria colaboración administrativa no obsta para aclarar que las plazas que rodean la basílica son públicas y ciudadanas
31 may 2009 . Actualizado a las 02:00 h.Con la Iglesia hemos topado, dicen unos. Con la Iglesia concordamos, dicen otros. Pero el concordato al que apelan algunos políticos compostelanos no tiene los polémicos caracteres que ha conseguido concitar el término. Es más ciudadano, más consensual. El encuentro o encontronazo con la Iglesia, según lo miren unos y otros, tiene como punto de partida las palabras del deán José María Díaz, al abogar por una Quintana más despejada y propia. Quienes le conocen piensan que el jefe del Cabildo debe de estar a estas alturas más arrepentido que quienes se acercan a su confesionario. Díaz está lejos de ser un personaje acostumbrado a arrear estopa, pero sin pretenderlo ha quedado para muchos como un «cañero».
Habla con una lima verbal, siempre dispuesto a rebajar las rebabas y asperezas de su discurso. De hecho, al expresar que hay sitios mejores para la manifestación del 25 de Xullo apostilló de inmediato que es un tema que despierta susceptibilidades y, por tanto, no quería abrir ninguna polémica. Pero activó el gozne de la controversia.
Su relación con los organismos administrativos se mueve en esa onda de cordialidad. Cuando salió a la luz el proyecto de rehabilitación de la casa en la que habitaban sus predecesores (la actual oficina do Peregrino) colmó de endulzadas bienaventuranzas al Consorcio y al Concello. De su jefe, el arzobispo Julián Barrio, se puede trazar una senda bastante paralela.
La verdad es que el disparador de A Quintana no era nada difícil de activar. Desde hace unas cuantas décadas, la agenda festiva del Concello es recibida con gruesas gotas de sudor por parte de los rectores de la Iglesia y, sobre todo, por las monjitas de San Paio. «Paciencia, hermanas», les dijo un día Xerardo Estévez. El impacto acústico, la cohabitación de la Catedral, la ralea de los artistas y el mensaje de las letras preocupaban a la jerarquía eclesiástica. Y han desatado frecuentes disputas con el Concello, como en los viejos tiempos de San Roque.
La intensidad de las riñas emanaba de la mayor o menor fiereza en la vigilancia del «buen uso» de A Quintana. El arzobispo Rouco Varela exhibió una visceralidad en sus principios y cierta dosis de mala uva. No solo en Santiago. Desde su solio cardenalicio de Madrid hizo tronar más de una vez su voz ante las autoridades administrativas por la presencia de artistas que consideraba incompatibles con A Quintana.
Los conciertos tampoco son del agrado de Julián Barrio. Pero su carácter dista leguas del que mostraba su antiguo predecesor. Derrama humanidad y afabilidad y huye de las sendas conflictivas sin dejar de allegar sus criterios. Y lo cierto es que en la batalla de los conciertos el Concello ha transigido o claudicado, según los intérpretes de la política municipal. Los decibelios vienen siendo esparcidos por el Campus universitario. Y no solo los decibelios.
Muchas voces le dan la razón a Xosé Manuel Iglesias al señalar que la Iglesia, su patrimonio y el Camino tienen mucho que ver con la génesis y la vigencia de esta ciudad. Y al recalcar los esfuerzos curiales. El edil apuesta por el diálogo y la actitud colaboradora. Y por facilitar el movimiento jacobeo. El gobierno local asiente con distintas velocidades. Pero ello no obsta para recalcar que las plazas del entorno de la Catedral son públicas y la decisión sobre su uso le corresponde a los representantes de los ciudadanos. Ninguna entidad privada puede apoderarse de ellas ni coartar la libre expresión.
Si algo contribuye a la grandeza, el atractivo y el tipismo del 25 de julio es la mezcolanza de piezas y el abigarrado mundo del casco viejo, donde se cruzan oficios religiosos, grupos festivos, marchas políticas, actuaciones artísticas y ruares variopintos. La manifestación del Día da Patria es ya un clásico.