Ni el «Plan Futura» propuesto por el PP en el 2003 ni los intentos por rehabilitar la zona llegaron a fructificar; y el tiempo juega en contra de vecinos y edificios
21 jun 2009 . Actualizado a las 02:00 h.Es sabido. Llegan unas elecciones municipales y los políticos, da igual el color, se afanan en sacar de sus chisteras algún proyecto urbanístico potente que sirva, por un lado, para arrastrar votos; por otro, para demostrar que, en tiempo de elecciones, lo que de verdad importa es la calidad de vida de las ciudades y su humanización. Claro que, pasado el día, suele pasar también la romería y muchos de esos planes geniales se quedan en agua de borrajas.
Quizás porque es un espacio especialmente céntrico, el más céntrico del Ensanche, Agros de Ramírez ha estado continuamente en el punto de mira de quienes ansían dejar su impronta en la ciudad transformándola. En principio, para bien; otra cosa bien diferente es que lo consigan.
A los vecinos de Diego de Muros, Rodríguez Carracido, San Pedro de Mezonzo y Ramón Cabanillas les calentaron especialmente la cabeza en aquellas elecciones municipales del 2003 cuando, el entonces candidato a la alcaldía por el Partido Popular, Dositeo Rodríguez, se sacó de la chistera un conejo tan grande que casi parecía un elefante disfrazado.
En el 2003, el Ensanche, el espacio urbano con más habitantes, se convertía por primera vez en la historia de la ciudad en el verdadero ring donde los púgiles políticos se lo jugaban todo.
El primer gancho lo soltó Dositeo, que propuso transformar completamente las casas de Ramírez. Su plan hubiera supuesto el derribo de todos los inmuebles que todavía hoy -queda claro que no triunfó- ocupan la zona para construir un área comercial, un aparcamiento y una zona residencial para los propietarios de las viejas viviendas. Un macroproyecto que hoy es papel mojado.
Fue el arquitecto madrileño Horacio Domínguez el que se encargó del diseño. Y fue el alcalde, Sánchez Bugallo, uno de los primeros en descalificarlo, sin perder ni un segundo.
El regidor sostenía que semejante intervención resultaba irrealizable por problemas de edificabilidad, aunque el PP defendía que esa cuestión «menor» sería solventable en el marco de Plan Xeral de Ordenación Municipal que todavía no estaba aprobado.
Dositeo no desistía y, la verdad, transmitía un entusiasmo contagioso. Decía que los vecinos tendrían nuevas viviendas del mismo tamaño y una plaza de garaje gratuita. Además, durante los dos años que durarían las obras, el realojo en pisos de alquiler no tendría coste para los afectados. Todo un caramelo a la hora de decidir el voto.
En una cosa sí que coincidían socialistas y populares: en que la situación de los edificios no se correspondía con los niveles de calidad de vida actuales. Pero Bugallo apostaba más por un plan de rehabilitación profundo, algo que todavía, seis años después, está en el aire.
Las hemerotecas es lo que tienen: uno busca y encuentra. En abril del 2005, el Concello asumía que el Ensanche no podría acceder a las ayudas de las áreas de rehabilitación, y que las casas de Ramírez tampoco encajaban en el programa financiado por el Gobierno.
¿Y por qué razón? Bien sencillo: porque el criterio de la depresión urbanística para priorizar las ayudas era difícilmente compatible con una zona donde, en el 2005, el metro cuadrado se cotizaba alrededor de los 4.000 euros.
Ese mismo año, en el mes de septiembre, nacía otra flor de un día en las esperanzas de los residentes del barrio. El gobierno local confiaba en tener, antes de que acabase el año, el proyecto de mejora de los elementos comunes de las casas de Ramírez.
El objetivo era que diecisiete bloques de edificios con bajo y tres plantas mejorasen su calidad de construcción y su aspecto. Y se pensó incluso en utilizar el que hace esquina entre la praza Roxa y Frei Rosendo Salvado como modelo, por aquello de que había sido el que más sufrió los efectos de la obra del aparcamiento subterráneo de la praza Roxa.
Claro que, convencidos de que el apoyo de las instituciones públicas sería nulo por el valor que tiene el metro cuadrado en esta zona, la iniciativa se dejaba en manos de los vecinos.
Pero el barco no llegó a puerto tampoco. Para empezar, muchos de los moradores no eran los propietarios de las viviendas; otros, demasiado mayores, se han mostrado reacios a embarcarse en operaciones económicas de envergadura. Y, como siempre pasa, los primeros pisos y los bajos no quieren ni oír hablar del desembolso que supone la instalación de un elemento que tanto mejora la calidad de vida como es un ascensor, sobre todo si las subvenciones no están a la vista.
Lo único que ha mejorado en todos estos años han sido los elementos de urbanización (parque infantil, contenedores subterráneos, bancos, arbolado y medianas de césped) que se ganaron con la construcción del aparcamiento subterráneo de la praza Roxa. Quienes han hecho mejoras, ha sido a título particular. Pero cualquier que se dé una vuelta por los edificios de Ramírez puede darse cuenta de que el tiempo ha hecho mella en un espacio urbano privilegiado y que, antes o después, habrá que meterle mano a fondo. Dositeo igual fue un visionario consciente cuando llamó a su proyecto Plan Futura.