Fundó el Aero Club a instancias de un coronel, vivió con pasión los primeros pasos del Santiago y dice que el Mercantil murió porque se prohibió aparcar en O Toural
03 oct 2009 . Actualizado a las 02:00 h.El coronel Francisco Iglesias, con las obras del aeropuerto a su cargo, propició la creación del Aero Club. Paradojas de la vida, las obras de ampliación de esas mismas instalaciones aeroportuarias echan al Aero Club de Lavacolla. Ambos procesos los vivió Jesús Juanatey, uno de los cuatro fundadores de la entidad. Los otros tres (Goñi, Requena y Santos) ya se han ido, pero Juanatey exhibe orgulloso el carné de socio más antiguo del Aero Club, inconsciente del papel mítico que le tiene asignado la reciente historia de la ciudad.
Desde Carme de Abaixo, en donde se meció su cuna de recién nacido hace 92 años, encaminó sus primeros pasos infantiles hacia el Toural y Bautizados, en el meollo comercial. La empedrada Rúa Nova era uno de los campos de fútbol que existían entonces en la ciudad, en donde poco daño podían hacer aquellas pelotas de trapo que disparaba Jesús.
Algo más tarde tuvo que disparar balas en distintos frentes de la refriega civil durante cinco años. Una contienda que se llevó a un hermano por delante. A su regreso, Jesús retomó el fútbol con más ansias que nunca, pero las pelotas de trapo eran ahora balones de tercera división. A Franco no le iba el inglés, como se observa en la famosa secuencia del Caudillo despedazando ese idioma, y el Rácing de San Lorenzo pasó a llamarse club Santiago tras la guerra. Jesús Juanatey tomó sus riendas.
Pronto observó a un grupo de presos republicanos, varios de ellos de procedencia catalana, que le pegaban como la seda al cuero. «Con la ayuda de mi padre, les ofrecí cien pesetas a cada uno, y los catalanes se vinieron al equipo», cuenta. Ni que decir tiene que el Santiago arrasó en la tercera división recién creada. Héctor Juanatey, nieto de Jesús, es testigo en la cafetería del Aero Club de la pasión con la que su abuelo narra las gestas deportivas del Santiago, hasta el punto de identificar varias veces el histórico equipo con la propia ciudad.
Pero no solo el balón rueda por los recuerdos de Juanatey, que reúne variadas aficiones deportivas en su haber, incluyendo el mar (fundó el Club Náutico de Portosín) y el popular futbolín, en el que descolló. Un día le quisieron comprar un partido: «Vino un directivo de la Orensana, que era teniente del ejército, y nos ofreció 13.000 pesetas por dejarnos perder. De común acuerdo, le dijimos que sí, por si perdíamos. Pero ganamos».
El Aero Club, por su parte, fue transitando por distintas sedes sociales (hasta llegar al salón de Xeneral Pardiñas, 34, en el que Jesús rememora su «compostelaneidad») ampliando sus instalaciones deportivas y acrecentando su masa social hasta convertirse en el monstruo socio-recreativo que comenzó a embalar los bártulos de Lavacolla: «Yo no quiero saber nada de este lío del desalojo. Ya cumplí». El Aero Club vio, mientras cobraba auge, como quedaban atrás los cadáveres del Casino y el Círculo Mercantil, los otros dos históricos.
«El Mercantil, del que yo también era socio, murió porque el alcalde prohibió aparcar en O Toural y la gente dejó de ir allí», comenta Jesús. Paradójicamente el Ensanche, en donde vive, es un escenario motorizado: «Paso el día oyendo pitidos». Pero el problema es más que nada nocturno. Tiene enfrente un local muy frecuentado por los amantes de la noche y su sueño a menudo es una aspiración. El ruido callejero y el botellón, a nuestro hombre, no le hacen ni pizca de gracia. Paradójicamente, Jesús ama Santiago porque «es una ciudad tranquila», ajena a la actividad delictiva.