Los sueños, sueños son

SANTIAGO

El precipitado gran bulevar del Hórreo empieza a quitarse prendas mientras el túnel avanza a un ritmo notable

02 may 2010 . Actualizado a las 02:00 h.

Lo malo de los grandes proyectos es que hacen soñar y hacer planes de disfrute u otras lindezas de una apetecible propuesta de futuro. Un día llegó a los ojos de los informadores, y luego al de la ciudadanía, el diseño de una calle muy humanizada delante de la estación de Renfe. Un diseño con buenas vibraciones para una árida pieza cuyo mayor atractivo es poder otear la riada de viajeros entrando y saliendo o adivinar el destino del tren saliente.

Ese aliciente del mirador se le inculcó con especial mimo al proyecto de bulevar elaborado por Raxoi para ese tramo del Hórreo. Uno siempre piensa, en estos casos, que no todo puede ser tan bonito y que siempre habrá tiempo para quitar. Sobre todo porque ante las narices de ese moderno bulevar hay prevista una nueva estación intermodal, compleja e interconectada con el callejero urbano. Si ese proyecto aun no existe (está latiendo, latiendo, y nacerá un año de estos) es presumible que su parto pueda cambiar el dibujo del gran paseo.

Pero además del estacionario argumento, la vocación del Hórreo siempre ha sido la de figurar en cabeza de los puntos negros de la circulación en la ciudad, y no hace falta leer el Decatístico Compostela que acaba de editar Xosé Manuel Iglesias sobre los últimos diez años para comprobarlo. Entrar en el Hórreo y Galuresa es, o era, enterrarse en vida en el tráfico compostelano. La tuneladora le da unas branquias al vial, pero no lo convierte en Jauja. Es decir, no puede pasar de ser un congestionado estacionamiento andante al bucólico vial fluido y poco ruidoso en donde se escuchan nítidamente los cantos de los pájaros sobre el ruido de los motores. Bastó una plática de los hombres de Raxoi y Fomento para constatar que humanizar carriles en esa zona, pese a los flujos del túnel, es contraproducente. Conclusión: a devolverle a los automóviles un par de carriles, al menos, y a quitárselos al peatón y a las bicicletas. El boceto del bulevar, pese a todo, merece figurar enmarcado en alguna pared, como los sueños veraniegos de William Blake.

En todo caso, lo que más le preocupa ahora al pagano de esta ciudad es que la herida abierta en el Hórreo se cierre de una vez y que los coches dejen de zigzaguear entre máquinas y aparejos de obra. Y ahí el ciudadano tiene motivos para sonreírle a la vida, porque el ritmo que llevan las obras solo puede conducir, como mínimo, a no rebasar la frontera de los plazos oficiales. Y eso ya suele ser mucho pedir en las grandes intervenciones viales, aunque sean a corazón abierto. Por esos pagos se mueve el edil Bernardino Rama, lo que indica que ha debido aguijonear al personal, lo que también forma parte de su cometido. Un vecino le llamó en los micrófonos de Radio Voz, con el alcalde de testigo, el «mejor maestro de obras que hubo en Santiago» y eso no es gratis.

Lo cierto es que del pánico que invadió a la parroquia compostelana cuando Magdalena Álvarez adjudicó las obras para su ejecución en ¡41 meses! ya apenas quedan rescoldos.

Por suerte, aunque el túnel tiene como escenario el nudo más conflictivo de la ciudad, hasta ahí no llegó la onda arqueológica y las murallas están bastante más adentro. Si el Hórreo se llamase San Clemente el alentador mensaje del buen ritmo de los trabajos no encajaría, siempre supeditado en un marco histórico a la aparición de vestigios. Se dijo en una crónica anterior que obrar con plazos en el casco viejo, y con un Xacobeo a las puertas, era una idea bastante peregrina, porque en cualquier momento podría descubrirse una astilla medieval o la uña de Prisciliano que mandase temporalmente a los obreros a casa. O la fuente que apareció en la plaza de San Clemente.

A hallazgo por bimestre, el avance de la reforma resulta cargoso entre las filas cada vez más nutridas del Xacobeo. Claramente parece una experiencia que no se debe repetir, aunque la memoria puede flaquear en once años.