El corsé que ciñe el museo

Xosé M. Cambeiro SANTIAGO |

SANTIAGO

La reforma del viejo Banco de España abre un debate saludable que debió surgir hace dos años sobre un denostado inmueble

09 may 2010 . Actualizado a las 02:00 h.

El mundo al revés. Los conservadores abogan por derribar la fachada del antiguo Banco de España, y los progresistas por mantenerla. La efervescencia del problema surge con el edificio internamente hecho añicos, aunque no desnarigado y desorejado. Y sí bastante descabellado. Este rocoso inmueble, de estilo Javier Clemente, nunca debió nacer ni su antecesor morirse, pero el franquismo hizo sus primeros pinitos urbanísticos en esta plaza y echó abajo una hermosa casa. Los últimos pinitos los hizo con el derribo del edificio Castromil.

Las gentes de Santiago se alzaron, en pleno fragor de la contienda civil, para valorizar su patrimonio. A Franco la cultura le cabía en el hueco de la gorra y confundió la histórica Praterías con la plaza Monumental. Y se ha destruido una arquitectura añeja para un equipamiento de solo cuatro décadas. La promoción del Consorcio ha recuperado esa memoria histórica, esta vez curiosamente a iniciativa del grupo popular, para rescatar el viejo retranqueo y un proyecto de solera en el área del antiguo Banco. Y hacerlo sin reminiscencias de la mole financiera. El debate abierto desnudó las miserias de la gestación del Banco y despegó el campo para la dialéctica de detractores y partidarios del camino trazado por el Consorcio y el Concello.

Los foros de expertos arrojan luz y se ha demostrado que en un escenario como el de Praterías la discusión era esencial, vital. El único problema es que puede ser un debate aleccionador para experiencias futuras y ya puramente ornamental en lo que atañe al caso que nos ocupa. La muestra de que el Santiago capitalino es una ciudad contentadiza, del a mí que me registren, es que el proyecto de la reforma del Banco fluyó suave como la seda hacia la intervención que ya está en marcha. El PP lanzó en julio del 2008 el órdago del momento histórico para una versión diferente de Praterías, con nuevas líneas y un nuevo paisaje urbanístico. Realmente era la oportunidad de oro para, como sugirió Díaz Pardo, no dejar ni rastro de la obra del arquitecto Romualdo de Madariaga. La misma que va a prestar su carátula al meditadísimo trabajo de Gallego Jorreto.

Si uno se lanza micrófono en ristre a captar opiniones, es muy probable que la voladura del viejo Banco reúna muchos adeptos. Para la ciudad es el símbolo de un fiasco, y un edificio fuera de catálogo puede quedar también fuera de la circulación.

Todo el inmueble es reo de piqueta. Chirría en esa plaza. Y ese es el problema, que emergió ahí en vez de elevarse en otro escenario más alejado de la catedral. Porque entonces cabría, y hasta hay voces que lo ven necesario, el indulto para no despojar a la amplia y diversa ciudad histórica de un trecho arquitectónico (el de las pasadas décadas) que también existió y que las futuras generaciones tienen derecho a reconocer. Aunque tampoco hace falta que esa arquitectura moderna alcance el chusquero porte de la Casa da Xuventude. Lo lacrimoso del inmueble de la plaza do Matadoiro es que plantear un debate ahí sonaría a risible.

¿La alineación de Praterías? Para muchos compostelanos es más conocida la del Real Madrid. Pese a la polémica del Banco. El retranqueo del futuro museo mejoraría sin duda la visión de la basílica y de su entorno desde la Rúa do Vilar. Pero es una vista de doble dirección. Como dijo el otro día Juan Monterroso, también hay que mirar desde la catedral hacia la Rúa do Vilar y quizás esa perspectiva suscite nuevos pareceres.

En todo caso, recuperando el hilo de la madeja, el órdago lanzado por el PP en el 2008 se perdió en un acta plenaria. Ningún debate lo arropó y la sensación es que el actual ya solo puede hacerse para la galería. El proyecto de reforma está adjudicado, hay una constructora detrás, unos contratos, una obra iniciada y un lío que ningún guapo se atrevería a desliar. El PP dice que se está a tiempo de revisar el plan. El primer debate sería saber si realmente hay tiempo.