Socorro García dejó una candidatura que parecía anunciada y con Xosé Manuel Iglesias se va un hombre inquieto y de brega
13 jun 2010 . Actualizado a las 02:00 h.Las primeras bajas de la corporación para el próximo mandato ya son conocidas. Los nacionalistas establecen una especie de ruptura con la llegada de un nuevo primer espada que supla a la aparente candidata Socorro García. Aparente porque era la que figuraba como cabeza de cartel cuando Néstor Rego le cedió el cetro en los primeros meses de la legislatura. En ese momento, compañeros de la edila la ensalzaban como una buena opción para encabezar las listas en el 2011.
De hecho, buena parte de los nacionalistas sabían que Rego iba a ceder el entorchado. Dejó el escenario municipal con tiempo suficiente para que García se fogueara en las lides de Raxoi, en un marco de liderazgo que tendría que poner a prueba a diario junto al pedernalino Xosé Sánchez Bugallo.
«É unha tía moi válida e vai ser moi boa candidata», le dijo por entonces a este escribidor un relevante nacionalista. Lo cierto es que muchos siguen considerando muy capaz a la tenienta de alcalde, con sobradas dotes para llevar las riendas de un departamento o una institución. ¿Qué le ha ocurrido? Pues que no ha estallado, no ha aflorado en todo su esplendor municipal como para hacer patente su alternativa de gobierno desde el primer momento.
Ha cumplido su misión en el pabellón de mando y ha desarrollado su trabajo en el área de Cultura de forma discreta y sin florituras políticas en un mundo donde la imagen se impone. Obviamente, las mediciones de popularidad no arroparon su valía como gestora. Y ya no se trata de incurrir en una comparación odiosa como la de Encarna Otero y Socorro García, de personalidades distantes y periecas.
La portavoz del BNG ha contribuido con su personalidad política a que el bipartito de Santiago se mantuviese firme y no naufragase en los fuertes oleajes que a veces asediaron la coalición. No debe inducir a pensar que el Bloque permaneció en todo momento al pairo. La propia tenienta de alcalde descargó sus andanadas, especialmente en el tramo final del mandato, y en alguna no utilizó precisamente balas de fogueo. Pero actuando con un calibrador político es muy difícil sobrepasar las líneas rojas trazadas en Raxoi.
Xosé Manuel Iglesias había entrado con su tercer mandato en el círculo de los veteranos y su huella tardará presumiblemente en borrarse de los pasillos municipales. Es un edil poco dado a refinamientos y etiquetas, pertinaz y obstinado, que habitualmente sin embargo hace gala de diplomacia y exquisitez de trato. En público mide su aireamiento y procura dejarlo en amago cuando las cosas se tuercen, aunque algunas veces los buenos gestos han sido suplidos por una contundencia belicosa ante el acoso del adversario. En su fuero interno, en cambio, suele rumiar su desasosiego por la marcha de un asunto o proyecto. Para Iglesias las diligencias avanzan a menudo a años luz de sus determinaciones y eso le trae de cabeza.
Es un concejal tourón, que no suelta la prenda hasta que la lleva a buen recaudo. Uno se acuerda de la Escola de Música. Está encima de los asuntos y busca la manera de apalancarlos cuando se erosionan. Si en Incolsa se quedase quieto, sufriría la entidad, pero no su pellejo. Entendió que el riesgo va en el sueldo, se lanzó en plancha a atajar el problema, saltándose barreras, y las recibió todas en el rostro. Un auténtico tormento en su carrera municipal.
El cuidado de las relaciones institucionales le ha convertido no pocas veces en un alienígena dentro de las siglas del BNG. Iglesias no mostró ningún reparo en salir en defensa del deán de la Catedral cuando este elevó sus lamentos al cielo y a la prensa por las aglomeraciones, a su juicio impropias, en fechas señaladas en la Quintana. Entre ellas, la mismísima concentración nacionalista del 25-X. Muchos correligionarios del edil aún mantienen los ojos a cuadros.
En fin, se va un hombre de brega. El área de desemprego, en especial, lo va a notar.