Las discusiones sobre la AP-9 son en torno a un proyecto que se va a realizar cuando hace muy poco eran sobre su viabilidad
20 jun 2010 . Actualizado a las 02:00 h.Están en pleno auge las discusiones sobre la ampliación de la AP-9 en Santiago. Lo bueno del debate es que se produce en torno a un proyecto encarrilado hacia su licitación y no sobre unas interminables negociaciones para desatascarlo. El BNG reconoció, al presentar sus alegaciones, que había experimentado un claro temor a que esta esencial intervención quirúrgica sobre el viario compostelano acabase en encefalograma plano. Llevaba visos. Pero el hecho es que la dialéctica se ha desatado sobre un diseño mejorable, y quizás ha sido providencial para ello que otra persona haya recibido las llaves de Fomento. De lo contrario, a estas alturas seguirían lanzándose titulares fallidos sobre el desbloqueo de la autopista AP-9.
Ese mismo factor ha alejado seguramente el peligro del colapso en la ejecución de la nueva terminal de Lavacolla. Es muy probable también que a estas alturas los socios del Aero Club siguiesen metiendo impertérritos bolas en los 18 hoyos del campo, con la crisis apagando una a una las velas de la renovación aeroportuaria ya adjudicada. Ni siquiera ahora mismo, en pleno fragor de la batalla para levantar la grandiosa instalación, uno puede sentirse tranquilo.
El fragor de repente se ha ido calmando y es visible una ralentización de los trabajos. Esos cambios hacen temblar inevitablemente la espina dorsal. Conde Roa lo expresó gráficamente: «Ojalá que esto no acabe como el parque de bomberos», aunque de inmediato prefirió desterrar ese augurio y apelar a la vuelta del vertiginoso ritmo que traía la obra. Al equipo de gobierno, y particularmente al alcalde, esas dudas le hacen fruncir el ceño y las eleva a la categoría de bromas de mal gusto. Conde parece querer resucitar al Rey que Rabió.
En el encuadre de la escena hay que situar la denuncia de la CIG por las condiciones laborales de la obra. En Raxoi hubo mohines de disgusto y los típicos comentarios por lo bajo dedicados a los metiches. Lo cierto es que la velocidad de la actuación de Lavacolla estaba espoleada, según todos los indicios, de una manera atentatoria para los trabajadores, y en la dialéctica terminal-ser humano prevalece el segundo. Suena a tétrico escuchar acusaciones de esclavitud en estos tiempos.
También urge la ampliación de la AP-9 y es preciso abordarla sin pausas y sin tener que visitar el almacén de las espuelas pinchudas. Las prisas, en todo caso, no pueden dejar el proyecto desafinado, como parece que se halla a tenor de las alegaciones que van surgiendo y que pueden convertir la rotonda de O Castiñeiriño, por ejemplo, en un muro de los lamentos. Entre los alegantes están los propios grupos que gobiernan la ciudad. El más madrugador ha sido el BNG, que ya le ha hecho saber en sus pliegos a Fomento que hay que darle una vuelta al proyecto. Tras los nacionalistas vendrán el PP y el gobierno local.
Y aquí se enciende un piloto raro. La AP-9 recibirá alegaciones del BNG y del gobierno compostelano en representación institucional del Concello. ¿Pero quién gobierna la ciudad? Pudiera ser que las sugerencias del Bloque no coincidieran con las del Concello rubricadas por el PSOE y, se supone, por el propio BNG gobernante. Hombre, se harán coincidir. Raxoi todavía no presentó sus mejoras, pero ya el solo hecho de anunciarlo le ha dado pie a Gerardo Conde a batear al grupo de gobierno, y particularmente al alcalde por no decirle al ministro en el Hostal que no veía claro el diseño de la AP-9.
La gran asignatura pendiente en esta reforma viaria es el Gaiás. La Xunta, que propició el parto del monte, se enganchó a la grandilocuente frase de Zapatero de que el Estado sería uno de los padrinos de la Cidade da Cultura y no se suelta de ella ni en broma. Muchos temen que el carácter insular, o más propiamente peninsular, del complejo cultural esté vigente en el mapa de la ciudad durante una ristra de años. La AP-9 pasa de largo y nadie mueve ficha.