«O exercicio da política é duro e compre tragar moitos sapos»

Xosé M. Cambeiro SANTIAGO/LA VOZ.

SANTIAGO

El profesor de Filosofía, que dice que las alumnas son más estudiosas, participó en el Estatuto y abanderó el galleguismo

10 jul 2010 . Actualizado a las 02:00 h.

Xosé Manteiga, con nueve años, vino un día a Compostela desde su aldea nicrariense de San Vicente do Aro a vender un caballo y se llevó los primeros apuntes de la grandeza de Compostela: «Causoume moita impresión Santiago. Vin a cidade como outro mundo». Como en muchas aldeas, el cura y el maestro, con la complicidad de los padres, le vieron condiciones al chiquillo y le orientaron al Seminario. Pero se plantó en la puerta del Xelmírez. «Negueime a ir ao Seminario, aínda que un cura quería que fora á forza», justifica.

La calle en donde tenía su pensión es una metáfora de la metamorfosis de Compostela: «Xa non existe. Hoxe chámase Irmáns Alvite». Quizás para desentrañar los misterios de este extraño mundo, decidió que lo suyo era la filosofía: «A vocación veume pola lectura dos libros de Ortega e Gasset». Se fue a Madrid y emergió como ayudante del profesor Aranguren. Tras engrasar su cetme en el Sáhara, apareció pronto impartiendo clases en la Facultade de Filosofía e Letras de Santiago, y luego prefirió hacerse dueño de una cátedra de instituto. Primero en el Xelmírez, todo muchachos, y luego en el Rosalía, todo muchachas. «As rapazas eran máis dóciles, máis estudiosas. Estou contento de ter estado aí». Y ahí se jubiló, pero con aulas mixtas.

«Aquel Santiago era moi diferente ao de agora». Y menos libre: «Había entre os estudantes unha grande inquedanza e ganas de participar, pero o réxime non o permitía». Siguiendo el ejemplo de Aranguren, Manteiga canalizó esas inquietudes a través de un seminario semanal para todos los alumnos que quisieran asistir. «Tivo moito éxito», comenta sonriente.

En esa etapa moza, Pepe entró en contacto con la intelectualidad galleguista: Piñeiro, García Sabell, López Nogueira, Fernández del Riego,... García-Sabell le escribe una dedicatoria en la solapa de Ensaios: «Para Xosé Manteiga, que aínda no é catedrático e xa é mestre. Coa admiración incondicionada do seu amigo García-Sabell». Manteiga exhibe una sonrisa de pícaro: «Eu tiña de alumna a unha filla súa». La impronta que dejó el grupo Galaxia en Xosé fue decisiva. Por esos días, publicó un tratado sobre el filósofo Zubiri que alcanzó repercusión.

Modos de actuar

Ya en el plano político, fundó con Zulueta, del Riego y Fontenla el Partido Galego Social Demócrata (PGSD) y pronto germinó la refundación del Histórico Partido Galeguista, comandado por Ramón Martínez y Avelino Pousa. El PPG quiso unirse, pero en el congreso uno de sus integrantes rechazó el gallego como lengua vehicular. Gestos en las bancadas. Xosé defiende la causa vernácula y cada partido se va por donde ha venido.

Manteiga integra la Comisión dos 16, encargada de redactar el Estatuto Galego. Sus reuniones se celebraban en Raxoi, a donde llega más tarde Pepe tras presentarse como candidato a la alcaldía por Unidade Galega. Ahí es donde se percata de que su madera de político tiene más sámago que duramen y que Raxoi es una breve escala en su vida: «Todos sabemos que o exercicio da política é moi duro, e que cómpre tragar moitos sapos, pero quixen facer posible que se cambiasen eses modos de actuar, que fan que moitos cidadáns non queiran saber nada de política por razóns éticas».

Sus compañeros desconfiaban de su actividad, había tensión, y cuando un día el alcalde Souto Paz le llamó como portavoz del grupo, sus miembros replicaron que esa portavocía «aínda está por ver». Por esos días falleció el padre de Xosé y «ao enterro só foi Souto Paz». Tras una resolución plenaria en la que el voto disciplinado le resultó especialmente doloroso («votei co grupo tragándome un sapo») supo que detrás podían venir otros anfibios indigestos y, al poco de acceder a Raxoi, cruzó definitivamente la puerta de salida.

El catedrático y filósofo respiró el aire fresco de la calle, el arte y la monumentalidad que siempre han sido las niñas bonitas de su querencia compostelana. Hay un rincón que le encadila y es, bajando de la plaza do Obradoiro, la esquina hacia la iglesia de San Fructuoso. Pero todo el patrimonio histórico y artístico le hace enmudecer. Sin embargo, sus destellos apenas llegan ya a la retina de Xosé, que sigue estando sana, pero no su movilidad. Los achaques se han adueñado de su septuagenaria existencia y han coartado sus paseos por el empedrado. Entretanto, los libros le rodean apacibles en los estantes y ahí le retrata nuestro fotógrafo.

Silvia, la esposa de Pepe, solícita, arropa sus palabras, sus vivencias y a veces apostilla su relato. Lleva medio siglo al lado del profesor Manteiga y le conoce como la palma de la mano. «Non é nada crítico, sempre lle busca o lado bo ás cousas. Nunca falou mal de ninguén e non protesta por nada aínda que lle peguen», dice de su marido.

Viven en una calle del Ensanche, junto al Hórreo, pero la zona nueva no es un habitáculo que convenza a Xosé Manteiga. No hay parques, ni respiraderos naturales ni áreas de «lecer» y un ciudadano veterano lo nota más que nadie.