Hace poco, un conocido me paró por la calle y me dijo que le encantaban mis artículos, pero que algunos de sus amigos se preguntaban si realmente los escribiría yo. Me entraron ganas de decirle que, en realidad, tenía un negro escondido en casa que, además, me solucionaba otras necesidades más básicas. Pero hace tiempo que comprendí que es inútil luchar contra ciertos estereotipos y, en el caso de las mujeres, cabeza y cuerpo parecen estar condenados a llevarse mal o, sencillamente, a no llevarse. Lo mismo ocurre con los genios, esos hombres que creemos matan los días en un laboratorio o delante de un ordenador, con una bata mal abotonada, el pelo a lo Krusty, el payaso, las gafas medio torcidas y cierta propensión a bizquear. Ahí tienen a Bill Gates, artífice de Microsoft, con esas combinaciones de camisa y jersey que parecen haber sido perpetradas por una madre antinueras, lentes susceptibles de ser pisoteadas por el grandullón de la clase y una cara destinada a ser la diana perfecta para un tartazo. Pero también existen genios que cultivan su imagen. Steve Jobs, fundador de Apple, es uno de ellos. Budista y vegetariano, pocas veces abandona sus zapatillas New Balance, sus Levi?s de chico Coca Cola o su jersey negro, y, para ciertas presentaciones, luce trajes de diseño impecable. ¿Rico y atractivo? Como para morder la manzana, pensarán algunas. Con semejante patrón no extraña que Apple se haya convertido en un icono de tecnología, pero también de diseño y moda, al fin y al cabo Jobs siempre ha preferido definirse más como un artista que como un ejecutivo multimillonario. Como Gates y como Zuckerberg -no dejen que sus hijos lean esto-, abandonó los estudios para montar su propia empresa, pero conserva ese espíritu rebelde, aunque no siempre enfocado a loables metas. Conocida es su manía de estacionar su Mercedes en las plazas para discapacitados. Su carta de dimisión tampoco es la que se esperaría del típico genio individualista y solitario: «Durante mi vida en Apple he hecho algunos de mis mejores amigos, y les doy las gracias a todos por los muchos años en que he podido trabajar junto a ellos». No todo incomprendido es genio, ni todo genio incomprendido.