Galicia es fértil en personajes arquetípicos. La señora con mandilón y manos ásperas que mantiene vivo el rural. El marinero de frente curtida al que le baila bajo los pies la tierra firme. El paisano de cualquier edad que solo rompe su silencio con un torrente de ironía. Forman parte de una galería con tramos iluminados por sus habitantes y con trechos retorcidos y sombríos. Porque aquí también tienen morada los caciques de ayer y mañana o los pirómanos de toda la vida.

La lista es enorme. Pero no está cerrada. En uno de esos arrebatos de creatividad destructiva que azota periódicamente la esquina noroeste nacen nuevas creaciones. Los pirómanos del mar. Que queman rías. Que arrasan con combustible. Que bautizan con queroseno. Esa fue la guinda para el ensayo de ciénaga en el que se ha convertido la ría de O Burgo tras años y años de obstinada desidia por parte de todos, de lamentos con la boca grande y soluciones con la pequeña, de resignada y rutinaria suciedad. Porque la del petróleo es otra fragancia que añadir a un catálogo ya de por sí amplio.

Aquellos que se han sentido capitanes para perpetrar este pequeño Prestige, así como los que son incapaces de frenar sus ínfulas de Nerón, deben sentir el peso de la ley hasta la asfixia, pero también el de la sociedad. Ellos tienen que pagar por jugar con algo que no tiene precio. De lo contrario, será imposible atajar este canibalismo, ese empeño en devorar Galicia por tierra, mar y aire, esa carrera de autodestrucción. Porque, en el fondo, su filosofía es una rama menor del árbol bajo el que se cobija el asesino que arranca la vida a su mujer. Las raíces se hunden en cinco palabras. La maté porque era mía.