José Luis Dorrego, un gallego que vive desde hace tres décadas en Trípoli, cuenta sus experiencias tras regresar al país que celebra en masa la nueva era pos-Gadafi.
25 sep 2011 . Actualizado a las 06:00 h.Creo que la mejor manera de contar lo que sucede en Libia tras los acontecimientos de las últimas semanas es relatando las historias y opiniones de varios personajes que formaban parte de mi vida cotidiana durante el mandato de Gadafi. Para ello, comenzaré con una chica joven de familia acomodada de Trípoli. Nadra fue, durante dos años, asistente mía como directora de cuentas en la compañía inglesa LCM Oil. Nacida en Suecia, sus padres son libios que, durante la mayor parte de su vida activa, tuvieron asignaciones en el servicio diplomático, al que aquí ya llamamos del «antiguo régimen».
Nadra es el prototipo de la nueva generación, con estudios superiores, fluidez en el manejo del inglés y posición acomodada bajo el paraguas del Estado. Hay muchos como ella en Trípoli . Y parece que todos ellos han abrazado la toma del poder por las fuerzas rebeldes con entusiasmo. Mas la diferencia es que Nadra cometió el error de decir lo que pensaba, que la OTAN estaba destruyendo Trípoli, que Gadafi había hecho mucho por el país y que se tardaría mucho tiempo en volver a los niveles de prosperidad que había antes de la revuelta. La reacción de todos sus amigos y colegas fue cualquier cosa menos complaciente?
-Nadra, ¿estás con Gadafi?
-No estoy con Gadafi ni estoy con los rebeldes, estoy con la paz y contra el derramamiento de sangre.
-¿Cómo puede haber paz donde no hay libertad y se encarcela a todo el que alza la voz?
-Treinta mil muertos es demasiado precio que pagar. Ahora, la mitad del país está destruido. Costará años levantar esto y os daréis cuenta de ello sin tardar mucho. Todos hemos apoyado este sistema durante decenas de años. Ahora resulta que todos sois rebeldes: venga, por favor.
-Pensando así vas a tener problemas en el futuro.
-Lo sé, pero no dejaré de decir lo que pienso.
-Sí, y agradece que ahora te dejen decirlo.
-Este es uno de los aspectos que, lógicamente, un país que ha vivido 42 años bajo una férrea dictadura va a tener que aprender y rápido. Decir lo que se piensa, respetar la opinión de los demás, resolver los conflictos dialogando, lo que es ejercitar el lujo de la democracia, en suma.
Alaa está exultante en la nueva Libia. Al igual que Nadra, su padre era un funcionario importante del antiguo régimen y ha vivido en diferentes países de Europa. Con coche y trabajo y una casa enorme, parecería que no tendría que estar muy descontenta en la situación prerrevuelta, pero lo estaba.
-Alaa, cuéntame acerca de tus experiencias en estos últimos terribles meses y tus expectativas para el futuro.
-Para hacer una larga historia corta, estos han sido grandes días que cambiaron la forma en que veo la vida y estoy segura de que ha afectado a la vida de todos y nadie será ya la misma persona.
-Tú vienes de una familia acomodada, el régimen fue bueno con vosotros. ¿Por qué lo odias de esa forma?
-Cuando se trata de matar gente sencillamente por querer ser libre, se sobrepasa el límite. No me preocupa el dinero, el trabajo o cosas así. Nadie tiene el derecho de matar a otro solo porque quiera ser libre. Y para decir la verdad, yo no sabía mucho de la historia anterior de Gadafi, no sabía lo que pasó el 7 de abril, no sabía nada acerca de la fatídica prisión Abu Salim, ni nada de todas esas historias. Sabía que era un loco, pero no sabía que fuera tan malo.
-Veo que en Trípoli todos están contra el régimen. Pero había miles y miles de personas apoyando a Gadafi en el pasado y ahora no se ve a ninguna de aquellas. ¿Dónde se han metido? ¿Han cambiado de chaqueta?
-Hay muchos que han cambiado de chaqueta siempre que lo han creído conveniente, pero hay mucha gente como yo que no creía que este monstruo fuera a hacer el mal que ha hecho. Nunca pensé que esto fuera a suceder en Libia.
-Ni yo tampoco.
-Confiaba en que si le pedían que se marchara, aunque fuera a Trípoli, lo haría y dejaría al resto del país tranquilo, pero no creía que estuviera dispuesto a matar a media ciudad solo para conservar su vida en Bab el Azzizia. Hay un montón de gente que estaba de su lado porque, de alguna forma, estaban obligados a estarlo y no se fiaban de nadie ni se atrevían a discrepar o a hacer comentarios.
-En España sabemos de eso. Hemos tenido cuarenta años de dictadura.
-Así que sabéis de qué estamos hablando.
-He estado con un miembro del consejo de la ciudad de Misrata y me ha contado historias conmovedoras de sacrificio, solidaridad y coraje por parte del pueblo de Misrata, compartiendo dinero, cobijo, comida? Una de las más conmovedoras experiencias en la historia de Libia.
-Sí, es la primera vez que ves que la gente de Libia se ama una a la otra y que nos sentimos como una gran familia. Me hace sentir seguro de que hay una nueva Libia en camino. No se trata de mi dinero o de mi casa... Todo el mundo trata de ayudar en la medida de sus posibilidades, cada uno compartiendo con todos, ¿sabes? Conozco a mujeres que han dado todo su oro para ayudar a los otros. Yo misma he dado todo el dinero que había en mi empresa y no tengo pena por ello. Me gustaría haber podido dar más. Confío en que Libia sea el país que merece ser ahora que ha pagado tan alto precio por ello.
-Yo también confío en ello.
Mi siguiente encuentro tiene lugar con un joven que nació lejos de su tierra. Con apenas 17 años, está recién llegado de Mánchester, en el Reino Unido, donde había nacido de libios exiliados por motivos políticos. Su padre, que lucha actualmente con los rebeldes en Sabha, lo trajo a él y a otro hermano a ayudar en la lucha contra las tropas del régimen, primero en Zenta, luego en Gariani y finalmente en Trípoli.
Es admirable la determinación de chavales como estos, que duermen en cualquier sitio y comen donde pueden, pero que no han dejado su puesto en más de cuatro meses de conflicto. Aiman comenzará el próximo año sus estudios de ingeniería mecánica en la Universidad de Mánchester. La experiencia de estos últimos meses marcará su vida. Gente como él, afortunada, tiene la gran suerte de participar en acciones que cambian el mundo. Dormir en el suelo, comer lo que encuentras merecen la pena.
Finalizo estos testimonios en los que trato de reflejar cómo es la vida estos días en Libia con Abdula. Él era un hombre de negocios, podríamos decir que acomodado: cuatro casas, una en Mánchester, una granja... Y, además, podría haberse retirado si lo hubiera querido antes de febrero. La revuelta lo pilló en Inglaterra y la confusión e incertidumbre de los primeros días le hicieron retrasar su vuelta a Trípoli.
Además, su relación de primo con uno de los hombres más importantes del círculo de Saif el Islam y responsable del poco ortodoxo entramado financiero de la Oficina de Inversión Libia no ayudaban.
A mediados de abril entró en Libia a través de Túnez y, desde ese momento, empezó su colaboración encubierta con el movimiento rebelde. El 20 de agosto, como comandante del grupo de luchadores voluntarios de su barrio, atacó el aeropuerto de Meitiga, custodiado por medio centenar de soldados, en su mayoría africanos. Diez horas de tiroteos para despejar el área y tomar el aeropuerto.
Fue sorprendente encontrar tan poca tropa guardando un aeropuerto militar y tan grande. Después se supo que, ya la noche anterior a la toma de Trípoli, los generales del régimen se retiraron con sus tropas a Sirte, lo que muestra que Trípoli se consideraba ya perdida antes de empezar la batalla.
Aiman comenzará el próximo año en Mánchester ingeniería. Antes, está luchando en Libia