Y tú de quien eres

Beatriz Manjón

SANTIAGO

16 oct 2011 . Actualizado a las 06:00 h.

o conduzco, tampoco tengo coche, pero, tal y como están las cosas en las gasolineras, me alegro. Voy andando a todas partes, aunque las piedras del bello y vello casco histórico de Santiago me obliguen a chiquitear por la calzada. Cuando no ando, voy en tren y me dejo mecer por el entrañable llanto de los niños y los no menos entrañables gritos de las madres, que berrean porque los niños lloran. ¿O será a la inversa? Poco importa, el caso es que aquellos que tienen coche no conciben su vida si no es a cuatro ruedas, pero yo prefiero a cuatro patas. No crean que para todo he logrado ser igual de bohemia, la tecnología me paró un día en una esquina y me espetó, sugerente: «Oye nena, estás muy sola». Así que llevé al móvil a casa, lo senté a la mesa, lo metí en la cama, le dejé compartir baño y hasta se lo presenté a mis padres. Somos una pareja bien avenida que se altera cuando uno u otro se queda sin energía. Pero no siempre nuestra relación fue tan intensa, todo mejoró cuando encontramos el punto 3G y quisimos hacer partícipe a toda la red social. Ya lo cantaban Objetivo Birmania, los amigos de mis amigas son mis amigos. Eso sí, soy de iPhone, la única BlackBerry que tuve me la robaron en una cafetería madrileña y entonces ya intuí que acabaría dejándome tirada. Vamos, lo mismo que les ha pasado a los millones de usuarios que no han podido hacer uso del chat, ni enviar mails, ni acceder al navegador web desde su teléfono en varios días. Han sufrido el síndrome del abandonado, han mirado la pantalla como quien mira las fotos de un ex y se han recreado en los últimos mensajes como si fueran cartas de despedida. Sintiéndose desamparado, hubo quien volvió a concentrarse en el trabajo, quien volvió a hablar con su pareja e incluso quien se aventuró a hacer algo más. Curioso, en nueve meses conoceremos a la generación BB, por más que Steve Jobs esté haciendo de las suyas desde el cielo. Es un buen momento para preguntarnos qué nos engancha a algo tan pequeño ?lo mismo que se plantean algunas señoras cada noche? y cómo es posible que nuestra vida se desmorone por culpa de un conmutador que está en el Reino Unido. Que nos devuelvan la serenidad y, ya que estamos, el peñón.