Afirma que los políticos «falan moito e non fan nin a metade»
24 oct 2011 . Actualizado a las 06:00 h.Desde hace años, uno de los referentes del bacalao en Compostela es José Bermúdez, el hombre de la Praza, impulsor y primer presidente de la Cooperativa del Mercado de Abastos. Su memoria le traslada aquella imagen imborrable de sus padres, retornados de la emigración, observando tras unas rejas el interior de la Plaza. José tenía once años. Y ahí terminaría asentándose en 1975 el bacalao de los Bermúdez, tras una peregrinación por las bancadas de venta de múltiples villas gallegas.
José se planteó iniciar los estudios de electrónica industrial, pero una insinuación de su padre sobre las ventajas del negocio familiar y la irrupción en escena de una joven de buen ver le indujeron a no apartarse del trabajo de casa. En su época moza, el mercado de abastos extendía sus tentáculos a Altamira, San Agustín, Pescadería Vella, San Bieito y rúa Travesa. «Era un sitio moi populoso. Viña moita xente das aldeas a vender», rememora José. La Praza era «o actor principal do comercio de detalle e maiorista de productos perecederos». Los supermercados Califrés y Minitodo tenían también unas secciones minúsculas para estos artículos.
La Plaza daba de comer a mucha gente, pero sus condiciones eran obsoletas y el desorden dominaba por doquier. Fue entonces cuando se alzaron al unísono algunas voces acerca de la necesidad de imprimir un rumbo nuevo a la nave de Altamira. «Falei con todos os vendedores, un por un», dice Bermúdez. La autogestión estaba germinando.
Antes se dieron pasos remodeladores y diseños unificados bajo la batuta arquitectónica de Julián Morenas. ¿Qué era eso de que algunos mostradores guardasen la línea y otros fuesen tan barrigudos? José visitó con otros colegas distintos mercados españoles y la autogestión se hizo una idea irreversible.
Primer presidente
Bermúdez comandó la Praza en el estreno de la nueva fórmula: «Paseino mal. Achuchábanme moito. Mesmo recei padrenuestros para que todo fora ben. Existían costumes enquistadas de facer cada un o que lle dera a gana». Escuchó rapapolvos dichos con mala uva: «Se polo menos chos dixeran cariñosamente...».
De cara a la nueva gestión, los comerciantes habían encargado un estudio a la sociedad estatal Mercasa, que no cayó en saco roto: «Esta remodelación que agora empeza tarde, mal e arrastro é froito dese estudo». De sus páginas se perdió sin embargo el aparcamiento bajo el recinto. Bermúdez lo ve necesario «pero ás veces tés que adaptarte ás posibilidades que che deixan abertas». Y ahí el Plan Especial del casco monumental no dejó ninguna.
También se perdió finalmente el supermercado. «Pese a que moitos compañeiros estean en contra, esa idea de Mercasa segue a ser válida. É necesario un establecemento de alimentación seca e de produtos de droguería de gran consumo. Hai que facilitarlle á xente que cando merque pescado teña a oportunidade de levar tamén aceite ou azúcar. Por non ter unha oferta completa hai xente que fai a compra noutro sitio e xa non ven aquí».
La competencia está siempre al acecho, pero para Bermúdez esa amenaza de mercado no llega de las grandes áreas comerciales sino de los supermercados de menos de 1.500 metros cuadrados: «Esa é a nosa competencia real, non Carrefour».
¿Y la relación con los políticos? «Boa, aínda que con algúns tivemos máis sintonía que con outros». Pero las flores personales van acompañadas de cardos profesionales: «No seu traballo houbérame gustado que se aplicaran un pouco más. Os políticos falan moito. É defecto do bicho. Pero non fan nin a metade».
«Ó encadearme busquei una unión que non houbo»
Un día Bermúdez amaneció encadenado al cruceiro de la plaza de San Fiz. Una imagen impactante. Raxoi había abordado la reforma de los espacios del entorno y obvió la realidad de que todos los días en la Praza se descargan 20 o 30 toneladas de pescado, fruta, carne. El espacio de carga y descarga quedó empequeñecido, igual que el de aparcamiento. Bermúdez se indignó y se encadenó en público: «Cruzáronseme os cables. Pretendía protestar e ver se había unión dos comerciantes. Pero só catro se solidarizaron». La decepción fue notoria. Pero su gesto no fue baldío: «Valeu porque se habilitou o párking de Belvís, que non estaba previsto».
José es un hombre que ama Santiago y encuentra en la ciudad cosas que le embelesan, como esas extensas manchas verdes que salpican la urbe: «Paréceme moi destacable a rede de parques, o seu deseño e os servizos existentes». Y sin alturas en el entorno. No le gustan los edificios muy elevados: «Se se seguen preservando as zonas verdes vexo Santiago como un Estocolmo moi amplio, como aldea contigua. Isto fai unha cidade fácil». En ese paisaje solo faltan «as laguniñas».
Compostela es «boa para vivir, tranquila, segura e cosmopolita». La ciudad casi ideal, vamos. Pero a juicio de José debería integrar un paisaje intermunicipal más comunitario y atractivo. Echa en falta un proyecto de área metropolitana integrador de todo el entorno, carencia que entre otras cosas «provoca que Santiago sexa un caos de tráfico». Aspira a un marco «elegante e biosostible», con autobuses y trenes, en el que uno se pueda olvidar del coche para ir desde Bertamiráns a la capital «e non teña que botar media hora para aparcar».