«Esta ciudad es tranquila»

xosé m. cambeiro SANTIAGO / LA VOZ

SANTIAGO

Llegó de Madrid para abrir un pub y se enamoró de Compostela

31 oct 2011 . Actualizado a las 06:00 h.

El veinteañero Javier, madrileño, vendía extintores en la capital de España tras prestar servicio en El Corte Ingles de Preciados. Rumiaba la idea de abrir un local hostelero en Malasaña, su barrio preferido. Un día, durante una estancia en Salamanca, se encontró con un amigo que quería trabajar en Galicia. Ambos compartieron la idea y eligieron Santiago como meta. Ninguno de los dos había estado nunca en tierras gallegas.

El amigo de Javier se marchó muy pronto y el madrileño quedó al frente del pub. Inició así, a los 24 años, su aventura compostelana. Y nació el Momo. Él había leído el libro de Ende y alguien le sugirió que sería un buen nombre para el local. «Es la idea de cómo se puede vivir el tiempo», matiza Javier.

Él mismo pronto comprobó que el ritmo del tiempo en Madrid y en Compostela eran muy distintos: «Esta ciudad es más tranquila, con mejor calidad de vida y no andas estresado como allá. Puedes ir caminando al trabajo, cuando en Madrid tenías que invertir tres horas en ir y venir». Llegó sin familia, sin referencias y sin pertenencias, ya que le robaron la mochila en el tren Madrid-Santiago. Fue venciendo los típicos recelos y ya desde el primer momento comenzó a crecer su agenda de amigos. Había cambiado de repente de ciudad y de valores.

Ojeando ofertas de locales nada más llegar, él y su amigo salmantino visitaron uno que presentaba una vista magnífica hacia la catedral. La dueña desconfió de los dos foráneos y no se lo alquiló. «Fue una suerte que no lo hiciese, porque la zona era el Pombal y, claro, sería una ruina». El dedo apuntó entonces a un bajo de la Virxe da Cerca, cuya trasera daba miedo: «Era un patatal en estado de total abandono. Había ratas por allí». Hoy cualquiera lo diría.

Jefes y horarios

Javier venía con una idea: nada de jefes y nada de horarios. Pero fracasó en el intento: «Mi jefe son los clientes y al final fijé horarios y eché el doble de horas». Excepto seis o siete jornadas, coincidentes con huelgas o con las primeras nochebuenas, en sus veintisiete años de vida el local abrió todos los días».

Al año de llegar a la zona vieja, ya estaba en marcha la Asociación Cultural Cidade Vella, nacimiento en el que él mismo tuvo mucho que ver como cofundador. Los ocho locales de entonces, con una afinidad y un rollo común, se aliaron para afrontar sus necesidades y luego para hacer cultura. Una larga serie de eventos, algunos de primera fila, se sucederían, y como la unión hace la fuerza, llegaron buenos patrocinios institucionales y de los propios proveedores, al comprobar la fortaleza del ente y la eficacia de sus boicots a potentes marcas de bebidas. Hace unos años llegaron a disponer de 24 millones de pesetas para espectáculos musicales.

Javier participaría también en la fundación de la Asociación de Hostelería Nocturna y la de Jardines Escondidos. El colectivo acaba de sacar a la luz un nuevo cartel representativo: Tabernas con arte: «Es nuestra marca en la dinámica de potenciar y revitalizar la zona vieja».

La recuperación de los jardines escondidos existentes en muchos locales (el Momo posee uno que le provocó grandes quebraderos de cabeza) motivó una larga lidia de dos años con Raxoi, con resultado infructuoso: «Había una dinámica de decadencia y apoltronamiento, que provocaba desasosiego. No sé cuál va a ser la actitud del gobierno naciente, que acaba de llegar y hay que darle tiempo, pero sí sé que viene con ganas de trabajar y con ideas nuevas».

Entre ellas, la potenciación de las terrazas privadas, es decir, los jardines escondidos: «Es un producto turístico único que hay que regular, potenciar y revitalizar, y que genera puestos de trabajo».