El brillante organista de la catedral se marchó dolido de su puesto
07 nov 2011 . Actualizado a las 06:00 h.Cuando el párroco de San Xulián de Coiro, su lugar natal, le invitó a estudiar para cura, Manuel no se lo pensó dos veces. Y en el Seminario Mayor, aparte de la vocación religiosa, descubrió la musical. Se hizo organista del centro, encargado del archivo de música y, a instancias del rector, instruyó en la materia a otros compañeros. Ya ordenado en Barcelona, y siendo párroco de San Esteban de Oca, el cardenal Quiroga se enteró de sus cualidades y lo llamó: «Me dijo si quería estudiar para organista o maestro de capilla y en Roma o Madrid». Organista y Madrid, fue la elección. «Todavía hoy no hay estudios de órgano en el Conservatorio de Santiago», lamenta Manuel.
Con el título superior en la mano, y por oposición, accedió al puesto de organista titular de la catedral en 1963. «Cuando me senté delante del instrumento, la gente de capilla me miraba con los ojos abiertos a ver qué hace este señor». Y con los ojos abiertos de admiración lo escucharían a lo largo de cuatro décadas miles de personas, entre ellas papas, reyes y jefes de estado. ¿No imponía un poco tocar ante tan altas instancias? «Sí, pero había que afrontarlo».
Infinidad de conciertos de órgano en vivo y en televisión jalonaron su trayectoria musical, algunas casas discográficas apresaron sus soberbios acordes y cuatro colegios se beneficiaron de sus conocimientos de historia de la música. Pero su arte estuvo al alcance de todo el mundo: «Hubo gente que me dijo que al entrar en la catedral y oír el órgano se le ponía la carne de gallina». Este redactor ha conocido la misma sensación.
Cuando vino Benedicto XVI y saludó uno a uno a los canónigos, se paró un poco con Gesto: «Es que este Papa es músico. Toca el órgano y el piano y al enterarse de que yo era organista se detuvo un rato a hablar conmigo». El Pontífice recibiría luego sus discos en el Vaticano.
Sustituto
El adiós de Gesto al órgano de la catedral, sin embargo, fue triste y amargo. A la espera de que hubiese un sustituto idóneo se mantuvo cuatro años más en el puesto tras su jubilación. Había advertido al cabildo de que había había un joven coruñés con grandes virtudes musicales y la jerarquía eclesiástica le dijo: «Prepáralo». Así lo hizo. Ese joven participaría luego con otros tres candidatos en un concurso abierto para optar a la plaza. «Fueron declarados aptos todos y no le dieron la plaza a ninguno». ¿Y eso? «Pregúntele a los miembros del cabildo».
El hecho es que al ver que no nombraban a nadie, decidió dejar el venerable teclado. «El 2 de marzo del 2004 entro y oigo tocar el órgano. Habían nombrado a un chico que, curiosamente, no podía presentarse porque no tenía título. Qué incoherencia. Lo designaron sin contar conmigo ni decirme nada. Eso me dolió mucho. Lo llevé muy mal, fatal. Decidí no volver más al órgano y desligarme de todo».
El nuevo organista lleva siete años tocando: «Se defiende bien y lo hace bien en las piezas sencillas. Pero en las solemnidades no está a la altura que debe estar. Y yo en esos actos solemnes sufro mucho porque el órgano es cuando debe hacerse ver». El hecho es que los amantes de la música perdieron ¿para siempre? el buen quehacer de Manuel Gesto, que renunció incluso a grabar nuevos trabajos y a ofrecer nuevos conciertos, pese a las peticiones que se le extendieron en ese sentido.
No solo ha destilado buena música. La ha enseñado: «Lo pasé muy bien en mi etapa educativa. Y he comprobado que muchos alumnos se acuerdan de mí con afecto». En un par de tiendas, antiguos alumnos suyos se han negado a cobrarle. Es capellán de las Hijas de Inmaculada y cuenta ilusionado que en abril del año que viene cumplirá como tal las bodas de oro.
«Del Códice Calixtino no sé nada de nada»
Manuel tiene ahora todo el tiempo para escuchar música y, si le viene una nítida inspiración, componerla. Se enfrasca en el ordenador y tres días a la semana se desplaza a Baldaio a charlar con su hermana. En los últimos años ha padecido un sinfín de dolencias, varias de ellas serias o muy serias: «Salí de todas gracias a mis oraciones». Sí que está protegido por Dios: «Gracias a Dios».
Olvidándose de las amarguras sufridas, el canónigo acude con frecuencia a la basílica a departir con sus compañeros. Del Códice Calixtino seguro que lo ha hecho a menudo. ¿Qué pasaría con este documento histórico? «Yo del Códice no sé nada de nada. No tengo la menor idea». ¡No se lo llevaría! «Yo no, y la policía tampoco me llamó para nada», bromea entre carcajadas. Aunque podría pasar por un «sospechoso»: «Me compré un coche nuevo justo después», susurra irónicamente. Ya en serio, opina que la pérdida es una gran desgracia para todos.
¿Le agradaría ser deán? «Ahora de jubilado ya no cabe. Pero no me interesaría serlo». Lo que sí le encanta es contemplar la basílica repleta de peregrinos: «La catedral vacía no me gusta». La respuesta induce a pensar que nunca cobraría a los visitantes: «No, no lo haría. Cobrar por entrar no me parecería bien. Ya se cobra en los museos».
Le cautiva el casco viejo y el entorno de la catedral. Y la tranquilidad. Aunque tiene coche, a la catedral le agrada ir en autobús y, si no llueve, volver andando. Y eso que a sus 86 años le encanta hacer de Fittipaldi.
Cuando se vaya de este mundo, Manuel Gesto será enterrado en el principal templo de la ciudad: «Al lado del Apóstol, para que me eche una manita. Pero no tengo prisa».