Una inglesa entre gallegos

? Fernando Salgado

SANTIAGO

? «La faz entera del país es repelente», escribió James Bruce al término de su viaje a Galicia en 1757. Mitad viajero, mitad espía al servicio de la corona británica, el futuro explorador del Nilo no halló cosa alguna de interés durante sus once días de estancia en estas latitudes. Siglo y medio después, su compatriota Catherine Gasquoine Hartley, con la retina menos empañada por los prejuicios, quedó prendada para siempre de la belleza de Galicia y del «vigoroso movimiento de progreso y reforma que se está produciendo».

04 dic 2011 . Actualizado a las 06:00 h.

Quien se acerque a los escritos de los viajeros ingleses del siglo XVIII, por ejemplo a través de la monografía de Jacobo García Blanco-Cicerón publicada por la Fundación Barrié, tropezará con una visión inmisericorde de Galicia y de sus gentes. Salvo contadas excepciones, aquellos visitantes, con la ínfula de ser los pioneros de la era industrial, dibujan una imagen atroz de la región. Retratan o caricaturizan, a veces sin saberlo, la fealdad de la miseria. James Bruce considera a Galicia «uno de los países más desgradables que vi jamás». Alexander Jardine califica a los gallegos de «dóciles, obedientes, mezquinos y harapientos». El poeta Robert Southey, martirizado por las pulgas, dice que «los chicos [gallegos] llevan un apéndice como el rabo de los monos».

Habrá que esperar a principios del siglo pasado para encontrar una visión en inglés radicalmente opuesta. Una reparación en toda regla. Nos la ofrece la escritora y periodista Catherine Gasquoine en la obra Spain Revisited: A Summer Holiday in Galicia -traducida al gallego por Xosé María Gómez Clemente con el título Un verán en Galicia-, libro cuya primera edición cumple ahora cien años. Subyugada por Galicia, Catherine Gasquoine describe un país luminoso, por veces idílico, empeñado en aunar tradición y desarrollo económico.

A la autora le impresionan especialmente las mujeres de Galicia y les dedica un capítulo de su libro. «Son unhas traballadoras concienciudas e intelixentes», escribe. Las percibe alegres, hermosas y pletóricas de energía. Mujeres campesinas que conducen carros de bueyes, siembran y recolectan, asumen las faenas más pesadas, cuidan de sus hijos y mantienen limpios sus hogares. Mujeres de las ciudades que transportan cántaros y bultos enormes en la cabeza, descargan barcos, ofician de maleteras y ejercen de bomberos. «Observei -escribe Catherine Gasquoine- unha muller que levaba unha cómoda na cabeza, outra cun cadaleito e mesmo unha velliña cargada co marco dunha cama pequena».

RENACEMENTO ECONÓMICO

Esta visita de la escritora británica se produce en el verano de 1911. Coincide, por tanto, con uno de los períodos de mayor dinamismo económico, como prueban los estudios de Xoán Carmona. Galicia se incorpora en el primer tercio del siglo XX, con más de una centuria de retraso, al tren de la industrialización. Y Gasquoine, que había descubierto el país en 1902, magnifica la transformación que se despliega ante sus ojos: «Cando comparo a Galicia que acabo de ver coa que visitei hai case dez anos, quedo abraiada coa magnitude dos cambios que se efectuaron nun espacio de tempo tan curto».

La viajera sigue el rastro de ese «renacemento económico» por ciudades e industrias punteras. En A Toxa se maravilla de encontrar, en medio de aquella «verdadeira xoia de mar», una fábrica que produce diariamente cuatro mil kilos de sales y veinte mil pastillas de jabón.

En Vigo accede a una conservera que dispone de «un equipamento tan perfecto e completo que só pasan unhas cantas horas entre que collen o peixe e exportan o producto elaborado». Contempla igualmente cómo, en una industria metalgráfica, una sola máquina manejada por un adolescente produce 140 abrelatas por minuto. Y le llama la atención saber que los recortes de hojalata sobrantes se aprovechan en Alemania para fabricar juguetes.

En A Coruña conversa con una cigarrera «intelixente, capacitada e fermosa» de la fábrica de tabacos. «Aprendín -escribe Gasquoine- que hai unhas tres mil mulleres empregadas e que lles pagan cada quince días, segundo a cantidade e a calidade do seu traballo. Unha traballadora habelenciosa pode preparar nove mollos de corenta xarutos nun día, mentres que as máis lentas fan uns cinco mollos».

INGLESES EN FERROL

En Ferrol acude al arsenal militar. El astillero está construyendo, bajo la dirección de técnicos ingleses de las compañías Vickers, Armstrong y John Brown, los tres primeros acorazados de la Marina española. El primero de la serie, bautizado como España, sería botado al año siguiente en presencia del rey Alfonso XIII.

Pero no fue esa la excursión más placentera de Catherine Gasquoine. «Ferrol -dice- foi a única vila en Galicia na que sufrín só polo feito de estar alí». ¿Por qué motivo? Simplemente porque había demasiados ingleses en la ciudad. Y a Catherine no le gustan sus compatriotas ni su «sentido común práctico derivado do ceo gris e a civilización aínda máis cinsenta». En los bolsillos de la mente solo llevan, afirma, monedas sueltas. Así se explica su visión de la tierra gallega de acogida. Tan distinta y tan distante de la que plasmaron aquellos viajeros ingleses del siglo XVIII.

A la izquierda, Catherine Gasquoine, con su hijo adoptivo, en 1913. A la derecha, ilustración de «A Summer Holiday in Galicia», que lleva al pie la leyenda «Two little gallegan peasants» [«Dos pequeños campesinos gallegos»] | archivo

A la izquierda, Catherine Gasquoine, con su hijo adoptivo, en 1913. A la derecha, ilustración de «A Summer Holiday in Galicia», que lleva al pie la leyenda «Two little gallegan peasants» [«Dos pequeños campesinos gallegos»] | archivo