No habrá estación nueva. El alcalde lo ha dicho alto y claro. Y con un tono de indisimulable enfado. Él es la autoridad máxima de Santiago y ha tomado una decisión legítima apoyada en su mayoría de gobierno. Con ello cierra de golpe y porrazo el capítulo de la terminal del Hórreo aunque otras instancias quisiesen mantenerlo al menos entornado. En efecto, el Ayuntamiento tiene la manija del proyecto, y si no desea otorgarle licencia, sencillamente no lo hace.
En Ourense el proceso ofrece otro recorrido. El Ayuntamiento ya le ha dado el sí a la novia y es Madrid quien podría negarle el ajuar. La Xunta tampoco acepta ese paisaje urbanístico ourensano, poco propicio para búhos y lechuzas. La negativa puede resultarle cara a Rajoy, con la adjudicación consumada, y Foster no es de los que perdonan indemnizaciones.
En Compostela, aunque el ADIF pudo ponerle el ramo a la contratación, prefirió (se supone) dejárselo en una bandeja al Gobierno entrante adjuntándole el diseño ganador. Y ahí se quedará la cosa. «A los arquitectos les digo que no van a tener licencia municipal», se desgañitó en su advertencia el alcalde.
La resolución anticipada por Raxoi dejará felices y contentos a la futura Administración central, que se ahorra el importe del proyecto y los veinticinco millones de euros de la obra (aunque tampoco es tanto si se mira a los 67 millones de Ourense, con algo más de guarnición), a la Xunta, que se zafa de los diez millones de la estación de autobuses (algo menos, si se aplica el corrector de la austeridad) y a los que aman el bucólico paraje actual sin los aditamentos de la modernidad.
Dichosos
No menos dichosos y radiantes están los vecinos del entorno de San Caetano usuarios del transporte de línea, que se libran del latazo de bajar las maletas al Hórreo.
Los comerciantes no tienen necesidad de dar saltos de alegría, puesto que la ejecución de la estación ya iba por un carril diferente al del aprovechamiento comercial. Más adelante, de apelar ADIF al lucro, no habría dificultades para rechazar su demanda. O para abrirle la puerta a algún tipo de convenio. La manija municipal también es extensiva a eso.
A propósito, siempre se ha dicho que la marquesina era un elemento salvable, dentro o fuera del ámbito, y el autor del proyecto vencedor no ha querido desecharla. La armazón no va a ir a parar al vertedero de Aríns, que no lo adquirió el ADIF para esa finalidad. Lo que se ha redicho es que el actual entramado arquitectónico no debería entorpecer un proyecto de estación moderna. El diseño de Juan Herreros, que suscitó el vade retro del gobierno local, contempla ese escenario libre de cargas. El sueño del arquitecto que encandiló al jurado no se plasmará ni en los planos ni en el Hórreo.
Santiago se queda con la vieja estación. Hay quien dice que no vale la pena lamentarse demasiado, porque el AVE llega igualmente, ahora, y además la terminal tiene epígonos. A la estación de Sobradelo le gustaría parecerse a la de Compostela. Curiosamente, a la de Uxes, no.
En todo caso, las autoridades locales ponen el acento en que en el futuro podrá abordarse un nuevo proyecto. Futuro era hace siglos un participio venidero, pero hoy los participios son pasado. Hay gente a la que le parece una oportunidad perdida, una inversión deslocalizada, y piensa que este tren pasa una vez. Perdurará la barrera férrea y se esfumará la intermodalidad. En todo caso, el gobierno local está para tomar decisiones. Y aquí la tomó.
La peatonalización insinuada
La peatonalización queda momentáneamente aparcada en el Ensanche. Los comerciantes se lo han pedido al Concello por la inquietud que genera la experimentación de un atractivo proyecto en una época de tanto movimiento comercial como en las Navidades. Porque el proyecto es atractivo y crea atractivo. Como bien ha dicho Albino Vázquez, y también algún representante del comercio, una peatonalización pasa por fases. Y la primera es bastante dolorosa. En el propio casco histórico, sin los problemas del Ensanche, el parto fue con fórceps. Sí, bien hicieron el alcalde y su edil en atender al comercio. Pero la idea peatonalizadora ya ha entrado y llega con ánimo de exhibir sus virtudes aún ocultas.