A PUNTO DE CUMPLIR 64 años, el ESCRITOR vuelve la vista atrás en un intento, por veces angustioso, DE DESCUBRIR QUIÉN ES
28 ene 2012 . Actualizado a las 06:00 h.Más allá de sus pinitos poéticos y de experimentos inconclusos o malogrados, los comienzos como escritor de Paul Auster (Nueva Jersey, 1947) se remontan a La invención de la soledad, en donde el material que maneja es su pasado familiar, su propia memoria. Podría pensarse entonces que Diario de invierno es solo una tesela más en ese calidoscópico mosaico que es su obra, pero para ser exactos debe entenderse como una prolongación de A salto de mata (1997), en la que Auster aborda el duro proceso que lo convirtió en escritor, los años en que todo eran dudas, miserias, penuria económica, fracasos, y una fenomenal desorientación, aunque el tono de su relato rondaba muchas veces lo cómico.
No sucede así en Diario de invierno, en el que Auster vuelve la vista atrás acuciado por los años (frisa los 64) en un esfuerzo por comprenderse. El estilo es desabrido, sin aderezos, desprovisto de la magia que lo ha hecho famoso. La caída de piezas dentales, los ataques de pánico, apretones de vientre en el metro, achaques de salud, el accidente de tráfico en que pudo perder a su familia por una imprudencia absurda. El viaje -que no encierra glamur alguno- parece animado por el miedo a morir, por la fragilidad de todo lo que lo rodea. Ha vivido en veintiuna casa distintas -y hace inventario-, ha viajado sin descanso por todo Estados Unidos y por todo el mundo, dormido en camas de hoteles, pasado largas estancias en lugares obligado por sus tareas de escritor. Solo su segunda mujer, Siri Hustvedt, y sus hijos parecen fijarlo a una realidad no perecedera. Trata de hallar un asidero firme entre sus recuerdos, su padre, su madre, novias, las raíces judías, aquella prostituta francesa tan especial.
«Te gustaría saber quién eres -se exhorta a sí mismo-. Con poco o nada para orientarte, das por sentado que eres el producto de vastas migraciones prehistóricas, de conquistas, violaciones y secuestros [...]. ¿Quién sabe quién engendró a quién que a su vez engendró a quién que engendró a quién para luego engendrar a quién hasta acabar con tus padres engendrándote en 1947?». Y escarba en los orígenes de sus cuatro abuelos en Europa del este (los paternos, de la Galitzia hoy ucraniana). Pero convencido de que el misterio no termina: «No albergas esperanzas de que algún día se resuelva».
Es igual, tiene 64 años y, ahora sí, una familia a la que abrazarse.