Pensó en crear un club para mujeres, porque «no saben estar solas»
30 ene 2012 . Actualizado a las 07:00 h.Carmen nació en la rúa de Santa Cristina con seis dedos en una mano. No es tan extraño. La polidactilia está en mil apellidos. Pronto pasó a residir en Entremuros, sobre cuyas losas numeradas jugaba a la mariola con sus hermanas y amigas. «Aquella piedra era diferente a la actual. Me gustaba», recuerda. Era traviesa, y en el colegio Doña Enma lo demostró. El cura de religión la echaba siempre de clase y la mandaba junto a la directora. E iba. Pero le pedía una tiza y volvía a clase. Otras veces se escondía en un recodo donde colgaban los mandilones.
Ya de cativiña se le iba la vista a los libros. Su padre tuvo mucho que ver en esa fruición. Leía en cama, y cuando el hermano pequeñito lloraba porque no tenía chupete, Carmen le metía el dedo gordo del pie en la boca y el peque se callaba ipso facto.
Hizo Magisterio, pero no porque ella eligiese esa carrera: «Mis padres me obligaron, porque yo quería estudiar Medicina». Quería, pero no podía. No había medios. Más tarde pudo engancharse por libre a Enfermería, con la especialidad pediátrica en mente.
Su voz de soprano no le pasó desapercibida al director del Orfeón Terra a Nosa, que la incorporó a la coral. El padre Gómez, luego obispo de Lugo, la casó con un compañero de la agrupación. Ahí la antigua diablilla se había vuelto un tanto circunspecta: «Me hice muy seria en el hospital por lo que observaba y porque veía a gente que no estaba por vocación». Además, su marido era excesivamente celoso y «así no se podía vivir».
En 1987 impulsó y presidió, «con una directiva de lujo», la Asociación de Mulleres Progresistas Alba: «Nos dábamos cuenta de que las mujeres padecían una carga tremenda de trabajo mal remunerado, cargas familiares y otras servidumbres y había que cambiar eso». Promovió el primer estudio sobre la mujer en Santiago y se encontró con el dato aterrador de una mayúscula ristra de analfabetas. Organizó de inmediato un curso de alfabetización y se encontró con que «había mujeres a las que no les dejaba ir el marido».
Un día, Carmen fue a impartir una charla a un teleclub de Negreira con motivo del Día da Muller y se llevó una sorpresa. Acudieron solo hombres. Únicamente entró una mujer. Las paredes estaban empapeladas con féminas desnudas, de grandes pechos, y eso mismo podría ya ser disuasorio para las lugareñas. «As mulleres están mellor na casa. Aquí non queren vir», justificaron los asistentes. Carmen les pidió que pusiesen también fotos de hombres y aprovechó para darles «caña de lo lindo». ¿Y cómo salieron? «Pues tan contentos». Alba organizaba charlas sobre temas femeninos con policías, políticos, expertos: «Echo en falta eso ahora porque no hay nada de ese tipo».
El policía que se ríe
Una cosa que le rondó por la cabeza, y le sigue rondando, es la creación de un club para mujeres, con restaurante, biblioteca y diversos servicios: «Las mujeres todavía no son capaces de ir solas a un sitio. Las veo solas y las veo encorsetadas, a carreras, incómodas. A la mujer estar sola le cuesta mucho. El club paliaría esa soledad». Pero la idea se quedó en el camino.
A Feteira le obsesiona un mal vigente hace años y muy candente en esta época: el maltrato. Y lo vive en el entorno: «La situación del maltrato a las mujeres está muy mal en Santiago. Aquí existe mucho de eso. Lo he podido comprobar en urgencias. Es una pena que aquí no haya una casa para mujeres maltratadas y pisos apropiados». Cree que en Santiago hay «una carencia terrible» en la atención a los temas de las mujeres.
También le preocupa el miedo de las mujeres a denunciar. Junto a otros temores «aún pervive la fama del policía que se ríe de la mujer».