El circuito musical compostelano no se puede entender sin hablar de las salas de menor aforo y pequeños locales que, más o menos modestamente, mantienen una programación musical continuada durante todo el año. Entre los más activos están la Sala Moon, la Sala Nasa, Sónar, Casa das Crechas, A Borriquita de Belém, el Pub Momo, Ultramarinos, Babel, Bar Embora, Cachán Club, Central Perk, Dadó Dadá o A Gramola. Aunque la lista podría triplicarse si hablamos de los locales que, pese a no mantener una determinada periodicidad, sí que acogen propuestas con cierta frecuencia.
Las fórmulas que utilizan son distintas. Unos combinan la gratuidad con eventos puntuales para los que cobran y los hay que se afanan por mantener la entrada libre. Es el caso del Pub Momo, por ejemplo, que lleva treinta años ofreciendo en la ciudad conciertos de forma gratuita. «Aunque hay días en los que se pierde dinero yo me resisto a cobrar, aunque no sé si no me quedará más remedio que cambiarlo en un futuro», señala su propietario, Javier Rivera.
En estos escenarios se han forjado artistas incombustibles de la noche compostelana que, semana sí, semana también, deleitan al público de la ciudad. Destaca el caso de Ricardo Parada, que lleva 18 años tocando en el pub de A Virxe da Cerca, pero también otros como Yeyo o la Banda de Nash, que no fallan a su cita semanal, y los que han cogido tablas en estos locales para subir luego a escenarios de más caché.
Ante tal maremágnum de propuestas muchos hablan de una sobresaturación de la oferta musical en Santiago, con lo que se consigue un efecto contraproducente. Se pierde notoriedad en los eventos y se diluye la clientela. Un despropósito en el donde todos pierden y nadie gana.