AOriol Junyent no lo ha retirado la edad sino una lesión tardía que le sobrevino a traición hace poco más de un año, como una cornada en el ruedo, cuando estaba firmando sus mejores faenas. Eran poco más de las 13.30 horas, y aquel también fue el último partido en el Obradoiro de otro pívot, pero de incipiente carrera, en un día de contrastes. Muscala se fue rumbo a la NBA.
Oriol salió de la pista maltrecho y con lágrimas en los ojos, aclamado por la grada, quizás sospechando que, por vez primera, se abría esa opción que se acercaba pero que todavía no contemplaba: la de la retirada.
Se va el pívot y queda su legado, el de un orfebre de las canastas que durante dos décadas vivió en primera línea de batalla labrando la pintura con sus fintas, sus pases y su inagotable magisterio.
Hace años, cuando Oriol Junyent empezaba a abrirse paso en el baloncesto profesional, el Compostela vivía su etapa dorada. Era a mediados de los noventa y el central Villena conversaba un día con este periodista sobre su época en el Barça y los entrenamientos con Laudrup. Decía del danés que hacía siempre el mismo regate, que sabías por donde iba a salir, y aun estando prevenido acababa yéndose. Una y otra vez. Lo mismo podría aplicarse a las fintas de Oriol. Sus adversarios sabían que iba a amagar y, pese a ello, entraban al capote. Cuando querían reaccionar, el balón ya estaba en el aro o de camino.
Oriol Junyent nunca fue el pívot más fuerte, ni el más rápido, ni el más corpulento, ni el que más saltaba. Pero pocos igualaban su velocidad de pensamiento, su talento natural para tomar la decisión acertada, su manera de hacer sencillo el baloncesto y mejores a sus compañeros. Ese juego artesano y los intangibles en el vestuario bien merecen la retirada del dorsal 15.