Sucesos en la centrifugadora

Mario Beramendi Álvarez
Mario Beramendi AL CONTADO

SANTIAGO

Algunos programas de televisión se abalanzan sobre los sucesos como una jauría de perros sobre el hueso de una chuleta; los tertulianos agarran la pieza y la voltean, una y otra vez, de forma insistente, para tomar ventaja en la carrera de las audiencias. Cuando aparece algo así, poco importa lo demás: el espectáculo se adueña de todo. Igual que con el tambor de la lavadora cuando centrifuga a plena potencia, se produce un ruido en el que resulta complejo delimitar qué es información, qué es opinión o qué son meras conjeturas. No es algo nuevo. Sucedió con el caso de Asunta, un crimen que conmovió a Compostela, y vuelve a ocurrir ahora con el de la joven Diana Quer. En todos esos platós hay buenos periodistas que buscan y ofrecen información exclusiva y veraz, sin duda, pero existe un problema de medida, de tiempo. Si yo tuviera que disertar cuatro horas de Soria y el Banco Mundial acabaría hablando de la provincia y recitando a Antonio Machado.

En esas interminables tertulias televisivas, de forma incomprensible, se da voz a personas que poco tienen que añadir; su presencia se debe al único objetivo de mantener el share. Da igual lo que digan. Por eso causa perplejidad ver a un conocido juez gallego de tertuliano por las mañanas y quien sabe si bordeando su inhabilitación profesional. El tratamiento informativo de este tipo de sucesos requiere cuidado con el lenguaje, preservar ciertos principios éticos y proteger a los menores. Unos límites que, en ocasiones, pueden estar reñidos con el espectáculo. El indiscutible rey del plató.