Pues fue toda una experiencia. Y doble. Porque el haber participado en el Climathon al mismo tiempo que otros grupos lo hacían en el mundo entero se convirtió en algo muy grato. Claro está que las docenas de personas que allí estábamos hablando y debatiendo sobre el cambio climático no hemos arreglado el mundo, e incluso alguna de las conclusiones podría parecer utópica a más de uno, pero desde luego hemos aportado un granito de arena más. Y hacen falta muchos.
Se trataba una convocatoria oficial: estaba atrás la Dirección Xeral de Calidade Ambiental e Cambio Climático. Y de protocolo hubo poco: unas palabras de la conselleira Beatriz Mato y algunas más técnicas de la directora xeral Cruz Ferreira, ambas oportunas.
Pero la gente tenía ganas de debatir y de refutar. Y cuando parecía que aquello se iba a convertir en un gallinero siguiendo la inveterada costumbre española de elevar la voz más que el de enfrente y no escuchar más que los propios argumentos, el personal se dividió en cuatro grupos y se puso a trabajar con tal énfasis que muy vencidas las dos de la tarde se negaba una y otra vez a pasar a comer porque no era el momento de hacer un alto en el debate interno y perder el hilo, que nunca segundas partes fueron buenas.
Por eso fue una sorpresa doble: hoy en día resulta casi imposible que, con un gran viernes de veroño y el termómetro pasando de los 25 grados con holgura, profesionales, estudiantes, doctorandos, curiosos y, en general, amigos del saber se pasen de 10 de la mañana a 9 largas de la noche en un lugar tan acogedor y emblemático como el Pazo de Bendaña, sede del museo Granell. Pies en la tierra en la patria del surrealismo…