Andan los grupos con asiento en Raxoi enfrascados en negociar las cuentas del 2018. La previsible puesta en escena, acorde al papel que otorga a cada uno la aritmética de los votos necesarios para que el grupo de gobierno saque el asunto adelante, aburre a las ovejas. Y sin embargo los presupuestos municipales encierran una historia fantástica, un enigma irresoluble que se manifiesta en cada ejercicio. Da igual qué partido lleve el bastón de mando, sobre el Concello pesa la condena de presupuestar y no lograr apenas invertir.
La proporción es irrisoria. El año pasado se quedó en el 22 % de las inversiones previstas. Sin ser el ámbito municipal un dechado de eficacia en este concepto, al menos en lo que atañe a las siete principales ciudades, el nivel de ejecución de Santiago no llega a la mitad de los que alcanzan Pontevedra (60 %), Ourense (57 %) o Lugo (44,6 %), urbes, por cierto, cada una con gobierno de distinto color político. Este misterio compostelano se renueva cada año sin excesivo ruido. Tal vez porque ningún partido puede reprochar a otro que tropiece en la misma piedra contra la que se escacharraron el resto. Por algo el récord de ejecución es un modesto 32 % logrado en la etapa de Sánchez Bugallo. Con estos porcentajes, el Obra vería la ACB por televisión.
La noticia, en fin, está más en la razón del desatino que en esas míseras cifras. La existencia en los sótanos de Raxoi de un Bartleby como el de Melville, negándose a tramitar los proyectos que dejan en su mesa, aportaría un barniz épico el caso. ¿Imaginan? «Preferiría no hacerlo». Seguro que la realidad es más grotesca.