WhatsApp para cobardes

Emma Araújo A CONTRALUZ

SANTIAGO

22 feb 2018 . Actualizado a las 05:00 h.

Si la memoria cinéfila no me falla, James Cagney, en uno de sus múltiples papeles de malo en blanco y negro, explicaba por qué no le resultaba nada difícil embolsarse diez mil dólares por apuntar y disparar desde un rascacielos a cualquier punto que se movía en pleno Manhattan. Nada de sangre, solo practicar la puntería. Sencillo, rápido. Un juego.

Cuando la historia quiso definir la primera guerra mundial lo hizo como la Gran Guerra, porque nadie en su sano juicio pensó que semejante masacre podría repetirse. Y llegó la segunda, puede que en parte porque la muerte, como la justificaba Cagney en aquella película, no lo parece tanto si no te manchas las manos. Las bayonetas dieron paso a la bomba atómica. Simple. Eficaz. Sin mancharse las manos.

Ya sé que este paralelismo puede parecer un poco salvaje, pero es bien cierto que en estos tiempos de postureo, selfis y filtros, lo de salpicarse la cara y mancharse las manos no está en boga. Ya lo avanzaba la pionera Carrie Bradshaw cuando un novio la dejó por el sistema más cobarde posible, y que es como la antesala del WhatsApp, el pósit amarillo en la pantalla del ordenador. Pero todo evolucionó. Y llegó Cospedal, nos abrió lo ojos al mundo en diferido y ahora no hay quien lo pare.

Hasta convierten el carnaval en una batalla campal con insultos y amenazas que, como no podía dejar de ser, surgen con el mismo desdén de quien dispara desde un rascacielos. Sin marcharse las manos, ni de sangre ni de tinta, y muchas veces con la cobardía del anonimato. La herramienta del cobarde.