La vida son los nombres de los que nos importan. La mía son Rebeca, Helena, mis dos teresas, José María, Sergio, Hugo, Celia, Juan Carlos y Candela. También lo son otros e incluso algunos que no son familia. Que llegan a ti impulsados por otras fuerzas. Fue el caso de Asunta y ahora también de Gabriel. La pequeña Asunta, asesinada en Santiago por sus padres, Rosario Porto y Alfonso Basterra, siempre estará cosida a mi alma porque nada ni nadie me ha exigido tantas letras ni tantas lágrimas. Gabriel me tiene ahora atormentado, como a todos los que hemos asistido a través de los periódicos y las televisiones a la tristeza gigantesca de su agónica desaparición y muerte a manos de la novia de su padre. Ya jamás podré dejar de recordarle cada día. Por su tragedia, por la injusticia de su final, pero sobre todo por la mezcla de fortaleza y extrema fragilidad que han mostrado sus padres, Patricia Ramírez y Ángel Cruz. Confieso que al verlos he pensado en cómo afrontaría yo algo así y me he derrumbado más de una vez. Porque creo que yo caería en la locura o en el odio y ellos me han enseñado que ese camino brinda el triunfo al mal que les arrebató a su pequeño. Ellos, Patricia y Ángel, pero sobre todo ella, han encendido otra antorcha, la de mantener el recuerdo hermoso y puro de su niño con palabras y gestos llenos de luz. Y con ella nos han iluminado. A mí y a tantos otros. «Mi niño ha ganado, la bruja ya no existe», ha dicho esa madre. No sé si es así, pero sí que así puede ser. Que solo negando su poder al mal podemos seguir en la claridad cuando llega la tiniebla. Gabriel, Patricia y Ángel son ahora también mi vida.