Truhanes

Serafín Lorenzo A PIE DE OBRA

SANTIAGO

21 abr 2018 . Actualizado a las 05:00 h.

El timbre de casa ya no suena como lo hacía. Su caída en desgracia va de la mano del ocaso de ese artilugio más propio de un batiscafo al que llamamos mirilla y de la conversión del buzón de toda la vida en una vulgar papelera. Esa caja que antes abríamos con puntualidad mecánica con la esperanza de recibir noticias de un pariente de ultramar, de un amigo al que perdimos la pista o de un amor adolescente apenas funciona ahora como vertedero incontrolado de ofertas de supuesta comida china.

Más penosa es la deriva del timbre. La llamada que antes anunciaba la visita del vecino, del butanero con la bombona al hombro o de un vendedor de enciclopedias precede ahora con frecuencia al rostro de un sinvergüenza. En Santiago y su entorno saben bien de qué va la historia. Un par de tipos (acostumbran a ir en pareja) se presentan en su puerta, dicen ser agentes de una suministradora de energía, señalan una cartulina con pinta de credencial que portan en la solapa (y cuya veracidad ni usted ni yo vamos a comprobar en ningún caso), les piden una factura y les proponen una oferta comercial. ¿A qué la escena les resulta familiar? Pues una pandilla de truhanes se dedican a representarla con insistencia portal a portal. Es su trabajo. No venden nada. Solo buscan incautos a los que estafar, como alertan las propias empresas.

Lo malo de este golpe al sufrido consumidor es que las maneras del comercial ficticio no distan mucho de las del que, efectivamente, está empleado (o subcontratado) por la empresa que dice. ¿Cómo diferenciarlos? Si anda como un pato, nada como un pato y grazna como un pato, es probable que no sea un cisne.